Vinieron por la noche, mientras dormíamos y la luna se reflejaba sobre el agua. Entraron en nuestras casas y se llevaron a los pájaros. A la mañana siguiente, cuando despertamos, las portezuelas de las jaulas se balanceaban con la brisa del mar, vacías. Había por todas partes un silencio tan pesado, tan ausente, que nos miramos unos a otros y volvimos a meternos en nuestras casas y a cerrar las puertas con llave. De vez en cuando apartábamos una cortina y mirábamos hacia el mar, desde donde sospechábamos que habían venido. No se veía nada más que el agua del mismo color del cielo y un hilo de nubes que se alejaban hacia el horizonte, como el rastro de los pájaros desaparecidos. Luego volvíamos a cerrar la cortina e íbamos a preparar el café negro para beberlo sentados en los cojines con las piernas cruzadas y mirando hacia el suelo.
Ya en la tarde, mientras el sol brillaba con fuerza y sólo los pequeños rincones quedaban cubiertos por la sombra, pensamos en salir a casa de los vecinos para tomar con ellos pasteles de dátiles y miel, recostarnos en sus otomanas y darle la espalda al mar. Aunque, antes de que pudiéramos decidirnos, alguien giró la cabeza, como si quisiera avistar algo entre las cortinas. Los demás le disuadimos diciéndole que desde allí sólo podía verse el agua del mismo color que el cielo. Pero el momento de entusiasmo había pasado y ya no nos atrevimos a salir. Seguimos hablando de la guerra y de los lugares en los que transcurría, tan lejanos que ni siquiera conocíamos sus nombres. Las puertas continuaron cerradas.
Antes del anochecer apagamos todas las luces, por miedo a que vinieran y nos sorprendiesen. Nos acostamos en nuestras camas que de pronto parecían frías como cajas de hielo y nos cubrimos hasta la cabeza con las mantas para no ver, no oír, no sentir el más mínimo movimiento. Los niños pidieron que dejásemos las luces encendidas, pero temíamos que eso los atrajese y se los llevasen a ellos también, pues qué es un niño sino un pequeño pájaro que todavía no ha aprendido a volar. Así que les acogimos en nuestras camas y nos dormimos abrazados unos a otros.
Pero la noche pasó y no vinieron.
Durante tres días, los que tenían que trabajar se ausentaron de sus empleos. Los que tenían que comprar se quedaron en casa con los monederos en la mano, contando el dinero una y otra vez. Los niños no fueron a la escuela y eso les pareció una alegría, aunque no les permitíamos salir a la calle, y les hacíamos callar cuando levantaban la voz. [...]