Primero se quejan porque no hablo. Me tratan de estúpida, de atrasada. Después se quejan porque hablo. Estupideces dicen que hablo, que estoy loca. No me lo dicen de frente sino entre ellos. Se echan la culpa uno al otro porque soy loca, enferma. Hablan de un abuelo que reventó solo en las montañas abandonado de todos, porque nadie lo aguantaba; que yo soy de su estirpe, aseguran. Un perdedor total, un viejo imbécil, tenía la sangre podrida. Ella propone ver un profesional, un psiquiatra. Él dice que mejor un brujo. No se ponen de acuerdo; ella se lamenta de no tener otros hijos, él agradece a Dios y los santos no tener más hijos que yo. Él tiene mejor carácter que ella, pero menos paciencia. Amenaza con que si sigo con el mismo cantito, me meterá un tortazo tal que me va a dejar la cabeza mirando para el otro lado. Ella es dulce y recurre a otras técnicas, la del soborno: ¿quiero frutilla con crema? ¿Quiero natilla? ¿Quiero el Piglet que gruñe oink oink si se le aprieta la colita? ¿O la muñequita que ríe y hace pis?; sólo si dejo de hablar esas pavadas, esas idioteces. Tengo nueve años, me llamo Melisa Pérez; hace cinco que empecé a hablar y desde entonces que sé que soy Aurora M. Barragán, que vivía en Baviera y se murió, dejando a su marido solo y a un hijito. La M no sé de qué nombre es, creo que de María. El pueblo se llama Baviera pero queda en Argentina y el marido es sastre y tiene buen corazón. El hijito está en sexto grado, aunque le cuesta sumar y restar. No como sal ni azúcar, porque mi familia la de veras no come sal ni azúcar, a pesar de que hay una plantación en la zona y una salina. Todo eso sé y ellos me quieren hacer callar la boca, porque somos cristianos, dicen, y no creemos en la reencarnación, y si nos apuran, la verdad es que no creemos en nada. La M es de María o de Mariana y Barragán va con b larga.
Ellos vienen bien vestidos a ver al profesional. Una vez me llevaron a catequesis con la misma ropa, para ver si hacía el curso para la primera comunión. Al final no la tomé, porque los curas pedían mucha plata por el curso. Los curas son unos endemoniados y unos degenerados, dijo él. Hasta les gritó que las iglesias se les quedan vacías de puro angurrientos que son, que se comen el oro a manos llenas; por eso ahora la gente se va y se hace evangélica. El mundo entero será evangélico en el futuro, porque los pastores son otra cosa, lo tratan a uno como gente. Ella le dijo que era una vergüenza que les hubiera gritado esas cosas a los curas y que tenía unos ahorritos y con eso me mandaría a hacer el curso. Pero no me mandó nunca.
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