Como todos los enfermos de coleccionismo de libros, soy propietario de dos bibliotecas: la primera la forman los libros que tengo, la segunda los libros que busco y quisiera tener. La primera se derrama por estanterías que van colonizando la casa, se agiganta en montones improvisados que van formándose
poco a poco y esperan un rato de asueto en que sea capaz de acomodarlos: emiten esos volúmenes una secreta biografía que uno será incapaz de poner en pie nunca, una biografía fragmentaria que es difícil compartir, llena de detalles que, hilados, tal vez arrojarían al imposible espejo de una conciencia
que no nos conociera de nada un retrato exacto de quien uno ha sido. Hay tantas cosas en una biblioteca para su propietario: no es una suma de hileras de libros, sino una vida salteada, por decirlo así, en la que una tarde de tu adolescencia en la que compraste, sólo por lo llamativo de la portada y porque lo que llevabas en los bolsillos era justo lo que pedían por el volumen, un libro de un encendido poeta vanguardista de segunda fila —Radiacions i Poemes, de Carles Sindreu—, se da la mano con una madrugada de hace un mes, cuando en una subasta en Internet pujaste con casi todo lo que había en tu cuenta corriente por la primera edición del impresionante Poemes en Ondes Hertzianas, de Salvat Papasseit. Más allá, en otra estantería, hay una mañana de acero azul en Coral Gables, Miami, y el tostado de tu piel —muchos días de playa— separece al tostado de la única página desplegable
de Cinco Metros de Poemas, de Carlos Oquendo de Amat, comprado a un cubano que, después de formalizada la compra por 150 dólares, te contó doscientas anécdotas sobre la vida en la Cuba de Fidel.