Pasaban semanas en las que Ismay ni siquiera pensaba en ello. Pero entonces ocurría algo que se lo recordaba, o volvía en un sueño. Los sueños siempre empezaban de la misma manera. Su madre y ella subían por las escaleras detrás de Heather, que las conducía por el dormitorio hacia lo que había al otro lado y que en el sueño no era un cuarto de baño, sino una habitación con el suelo y las paredes de mármol. En el centro de la misma había un lago espejado. La cosa blanca del agua flotaba hacia ella con la cara sumergida y su madre decía absurdamente: «¡No mires!». Porque la cosa muerta era un
hombre que iba desnudo y ella una chica de quince años. Sin embargo, ella había mirado y en los sueños volvía a hacerlo, pero lo que veía era el rostro ahogado de Guy. Había mirado el rostro muerto y, aunque de vez en cuando se olvidaba lo que había visto, la imagen siempre volvía, los ojos sin vida que aún retenían el miedo, las ventanas de la nariz dilatadas no para inhalar aire, sino agua.
Heather no daba muestras de temor ni de ninguna otra emoción. Se quedaba allí quieta, con los brazos colgando a los lados del cuerpo. Llevaba el vestido mojado y la tela se le pegaba a los pechos. En aquel momento nadie dijo nada, ni en la realidad ni en los sueños, ninguna de ellas pronunció una sola palabra hasta que su madre cayó de rodillas y empezó a llorar, a reír y a farfullar disparates.
La casa era un lugar distinto a su regreso. Sabía, eso sí, que serían dos pisos independientes,
el de arriba para su madre y Pamela y el de abajo para Heather y ella, dos pares de hermanas, dos generaciones representadas. Lo que no había entendido durante su último trimestre en la universidad,
a más de seiscientos kilómetros de allí, en Escocia, era que parte de la casa desaparecería.
(Fragmento de El agua está espléndida, la nueva novela de Ruth Rendell que Ediciones Urano publicará en su sello Plata, colección Plata Negra, en marzo de 2010.)