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Número 11. Otoño 2007
El vigilante
Gerardo García
Recordaba haber experimentado aquel mismo desasosiego durante las primeras noches, cuando comenzaron las visitas. Después no sólo se acostumbró a su presencia, sino que ésta se le volvió poco menos que imprescindible. Desde el accidente del pobre Javier – aún recordaba su cuerpo desfigurado cuando fue obligada por el Juez de Paz a reconocer el cadáver- ella se había convertido en la última moradora de la antigua casona familiar, y escuchar al desconocido ahí fuera, deambulando por los pasillos, arrastrando las pesadas botas sobre los escalones que comunicaban los dos pisos, la tranquilizaba como si se supiese custodiada por un verdadero ejército. Gracias a su presencia se había atrevido a rechazar la oferta que don Agustín le había formulado pocos días después del sepelio, mientras acordaban el precio de las misas de funeral, para que vendiese al ayuntamiento la casa y las pocas tierras restantes de la herencia de sus padres a cambio de una miseria que el párroco calificó como razonable e incluso ventajosa para ella. Por eso –y por su compañía, sobre todo por su compañía- se consideraba eternamente en deuda con su centinela.

Las visitas se habían iniciado a principios de otoño, cuando los días comenzaban a acortarse y se presentaron casi por sorpresa las primeras lluvias.  Como cada noche, tumbada en la cama con la lamparilla encendida, víctima de un atávico e irreprimible temor a la oscuridad, agudizado por el silencio en que la soledad había sumido la casa, escuchaba la monotonía del agua contra el suelo y los cristales. [...]
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