Se te solía ir el ojo izquierdo cuando
estabas cansada o te encojonabas. Está buscando una salida, solías decir, y los
días que nos veíamos se agitaba y se movía, y tenías que ponerte un dedo encima
para que parara. En eso estabas cuando me desperté y te encontré sentada en el
borde de mi silla. Aún tenías puesto eluniforme
de profesora, pero te habías quitado el saco y te habías desabrochado los
botones para que yo pudiese ver las pecas de tu pecho y el brassier negro que
te había regalado. No sabíamos que eran los últimos días, pero deberíamos
haberlo sabido.
Acabo
de llegar, dijiste mirando por la ventana hacia donde habías parqueado tu
Saturn.
Ve
a subir las ventanillas.
No
voy a quedarme mucho.
Te
van a robar.
Ya
casi me estoy yendo.
Te
quedaste en la silla y yo sabía que no debía acercarme. Tenías un sistema
minucioso que creías nos mantendría lejos de la cama: te sentabas en el otro
extremo del cuarto, no me dejabas que te crujiera los dedos, jamás te quedabas
más de quince minutos. Nunca funcionó.
Muchachos,
les traje algo de cenar, dijiste. He hecho lasaña en las clases y traje las
sobras.
Mi
cuarto es pequeño y caliente. Nunca querías quedarte aquí (es como estar dentro
de una media, decías) y siempre que los muchachos andaban fuera dormíamos en la
sala, ahí fuera, sobre la alfombra.
La
melena te hacía sudar y por fin te quitaste la mano del ojo. No dejaste de
hablar ni un momento.
Hoy
me llegó una nueva estudiante. Su mamá me dijo que tuviese cuidado con ella
porque ve vainas.
¿Ve
vainas?
Ve
vainas. Pregunté a la señora si ver vainas le ayudaba en la escuela. En
realidad no, pero a mí me ayuda algunas veces en la lotería del barrio, dijo
ella.
Se
suponía que debía reírme, pero me quedé mirando fijamente hacia fuera, donde
una hoja con forma de manopla se había quedado pegada al parabrisas de tu
carro. Estabas parada junto a mí. Cuando te vi, primero en nuestra clase sobre
Joyce y luego en el gym, supe que te llamaría Flaca. Si hubieses sido
dominicana, mis vecinos se habrían preocupado por ti, habrían dejado bandejas
de comida ante mi puerta. Montañas de plátano y yuca ahogados en hígado y queso
frito. Flaca. Aunque tu nombre fuera
Veronica, Veronica Hardrada.
Los
muchachos ya casi llegan, dije. Quizá deberías subir las ventanillas del carro.
Ya
me estoy yendo, dijiste, cubriéndote de nuevo el ojo con la mano.
En teoría, lo nuestro no iba a llegar a
nada serio. No nos imagino casándonos ni nada de eso y tú asentiste con la
cabeza y dijiste que lo entendías. Luego singamos para fingir que nada doloroso
acababa de ocurrir. Era como la quinta vez que nos veíamos y tú traías un
vestido de tubo negro y unas sandalias mexicanas. Me dijiste que podía llamarte
cuando quisiera, pero que tú no me llamarías a mí. Tienes que decidir cuándo y
dónde, insististe. Si me lo dejas a mí, querré verte todos los días.
Al
menos eras sincera, que es más de lo que puedo decir de alguna gente. Los días
de entre semana nunca te llamaba, ni siquiera me hacías falta. Me mantenía
ocupado con los muchachos y mi trabajo en Transactions Press. Pero los viernes
y sábados en la noche te llamaba si no encontraba a nadie en los clubs.
Hablábamos hasta que se alargaban los silencios. Al final preguntabas ¿Quieres
que nos veamos?
Yo
siempre decía Sí, y mientras te esperaba le explicaba a los muchachos que sólo
era sexo, tú sabes, nada más. Y tú llegabas con una muda de ropa y un sartén
para hacernos el desayuno, quizá las cookies que habías preparado para tu
clase. Los muchachos te encontraban a la mañana siguiente en la cocina, con una
de mis camisetas. Al principio no se quejaban, porque suponían que te
marcharías y ya. Y para cuando empezaron a decir algo era demasiado tarde, ¿no
es verdad?
Me
recuerdo: los muchachos no me quitaban ojo de encima porque estaban seguros de
que iba a quedar guillao. Razonaron que dos años no era poca cosa, aunque en
todo ese tiempo no te hubiera reclamado como mía. Pero lo loco es que me sentía
bien. Sentía como si el verano se hubiera apoderado de mí. Les conté a los muchachos
que era la mejor decisión que había tomado nunca. Uno no puede estar rapando
con blanquitas toda la vida.
Después
de que me dieras una bola hasta mi casa esa noche, el Old Man y Stinky
quisieron saber qué diantre estaba yo pensando.
Estoy
pensando que deberíamos salir de bonche esta noche, dije yo. Tengo que buscarme
una negra pronto.
Me acuerdo: nos conocimos en clase. Tú
nunca hablabas pero yo sí, todo el tiempo, y una vez tú me miraste y yo te miré
y te pusiste tan roja que hasta el profesor se dio cuenta. Eras whitetrash de
las afueras de Paterson y eso se notaba en tu nulo sentido de la moda. Salías
mucho con niggas. Yo te dije que tenías algo con nosotros y tu dijiste,
enojada, No, eso no es así.
Me
acuerdo: solías darme bolas a casa en tu Saturn.
Me
acuerdo: la tercera vez acepté. Nuestras manos se tocaron en el asiento
delantero, pequeñas fugitivas.
Ahora nos llevamos bien. Yo te digo
Podríamos hacerle una visita a mi mamá, y tú niegas con la cabeza. Quiero pasar
tiempo contigo, respondes. Si la semana que viene seguimos bien, iremos a
verla.
Eso
es todo lo que puedo esperar. No nos tiramos objetos el uno al otro, no nos dijimos
cosas que pudiéramos recordar por años. Me miras mientras te cepillas el pelo.
Cada cabello que se rompe es tan largo como mi brazo. No quieres dejarlo, pero
tampoco quieres que te hagan daño. No es una situación nada fácil, pero ¿qué
puedo decirte?
Manejamos
en dirección a Montclair, no hay casi nadie en el Parkway. Todo está tranquilo
y oscuro y los árboles brillan por las lluvias de ayer. Justo al sur de los
Oranges, el Parkway atraviesa un cementerio. Miles de lápidas y mausoleos a
ambos lados. Imagínate, dices señalando la casa más cercana, si tuvieras que
vivir ahí.
Los
sueños que tendrías, digo yo.
Asientes.
Las pesadillas.
Parqueamos
frente a la tienda de mapas y entramos en nuestra librería. A pesar de la
cercanía del college, somos los únicos clientes, nosotros y un gato de tres
patas. Te sientas en un pasillo y empiezas a buscar entre las cajas. El gato se
te echa encima. Yo les doy una ojeada a las historias. Eres la única persona
que conozco que puede pasar tanto tiempo en una librería como yo. Una
sabelotodo de las que no se encuentran todos los días. Cuando voy a ver dónde
estás, te encuentro leyendo un libro de niños, descalza y tocándote los callos
que te han salido en los pies por el jogging. Rodeo tus hombros con mis brazos.
Flaca, digo. Tu pelo a la deriva se engancha en mi barba de dos días. No me
afeito lo suficiente para nadie.
Puede
funcionar, dices tú. Sólo tenemos que dejar que funcione.
Ese último verano querías ir a algún
sitio, así que planeé un paseo a Spruce Run, donde los dos solíamos ir cuando
éramos carajitos. Tú te recordabas de los años e incluso de los meses de tus
visitas; a lo más que yo llegaba era a Cuando Yo Era Muchacho.
Mira
esa flor de zanahoria, dijiste. Te asomabas por la ventanilla, al aire de la
noche, y yo te había colocado la mano sobre la espalda, por si acaso.
Los
dos estábamos borrachos. Bajo la falda no llevabas más que unas medias con liga
y llevaste mi mano a tu entrepierna.
¿Qué
hacías aquí con tu familia?, preguntaste.
Miré
el agua nocturna. Hacíamos barbacoa. Barbacoa dominicana. Mi papá no sabía,
pero insistía una y otra vez. Preparaba una salsa roja que luego echaba a las
chuletas y después invitaba a los desconocidos a comer. Era terrible.
Yo
llevaba un parche en el ojo cuando era niña, dijiste. Quizá nos conocimos aquí
y nos enamoramos entre platos de barbacoa mal hecha.
Lo
dudo, repuse yo.
Lo
digo por decir, Yunior.
Quizá
estuviéramos juntos hace cinco mil años.
Hace
cinco mil años yo estaba en Dinamarca.
Es
verdad. Y una mitad de mí estaba en África.
¿Haciendo
qué?
Trabajar
la tierra, supongo. Eso es lo que todo el mundo hace en todos los sitios.
Quizá
estuvimos juntos en algún otro momento.
No
sé cuándo, dije yo.
Tú
intentabas no mirarme. Quizá hace cinco millones de años.
Hace
cinco millones de años no había gente.
Esa
noche te quedaste tumbada en la cama sin poder dormir, escuchando las
ambulancias que rompían el silencio de nuestra calle. El calor que desprendía
tu cara podría haber mantenido caliente mi cuarto durante días. Yo me
preguntaba cómo soportarías tu propio calor, el calor de tu pecho, de tu
rostro. Apenas podía tocarte. Sin venir a cuento dijiste Te quiero. Por si te
interesa.
Ése fue el verano de mis insomnios, el
verano en que salía a correr por las calles de New Brunswick a las cuatro de la
mañana. Sólo ese verano fui capaz de correr más de dos millas, cuando no había
tráfico y las farolas volvían todo del color del papel de aluminio, incendiando
las partículas de humedad sobre los carros. Me acuerdo de correr alrededor de
las Memorial Homes, a lo largo de Joyce Kilmer Avenue, hasta más allá de Throop
Avenue, donde sigue el Camelot, aquella locura de bar, todo quemado y entablado
aún.
Pasé
noches sin dormir. Cuando el Old Man volvió de UPS, yo estaba anotando las
horas de llegada de los trenes que venían de Princeton Junction; se los podía
oír frenando desde nuestro salón, un rechino justo al sur del corazón. Imaginaba
que el no poder dormir significaba algo. Quizá lo explicara la pérdida o el amor o alguna otra palabra que decimos cuando es demasiado fokin
tarde. Pero los muchachos no eran muy dados al melodrama. Oyeron mis vainas y
dijeron No. Sobre todo el Old Man. Divorciado a los veinte años, con dos hijos
en el DC a los que ya no ve. Me oyó y dijo Escucha. Hay cuarenta y cuatro
maneras de superar esto. Mostró sus manos cortadas. La manera número uno es un
trabajo.
Regresamos a Spruce Run una vez más. ¿Te
recuerdas? Cuando las peleas parecían alargarse hasta el infinito, y siempre
terminábamos en la cama, arañándonos como si eso fuera a cambiar algo. En un
par de meses tú estarías viendo a alguien y yo también; ella no era más oscura
de piel que tú, pero lavaba los pantis en la ducha y tenía el pelo como un mar
de pequeños puños. La primera vez que nos viste te volteaste y subiste a una
guagua que, yo sabía, no tenías que coger. Cuando mi jeva preguntó Y ésa, ¿quién
era?, yo respondí Nadie, un cuerito blanco.
En
esa segunda excursión me senté en la orilla y te miré salir trabajosamente del
agua, miré cómo dejabas que el lago te frotara los brazos y el cuello delgado.
Ambos teníamos resaca y yo no quería mojarme en absoluto. El agua cura, dijiste
tú. El párroco lo dijo en misa. Llenaste una botella para llevársela a tu
primo, que tenía leucemia, y a tu tía, que sufría del corazón. Tenías puesta la
parte de abajo de un bikini y una camiseta, y una neblina difuminaba la
superficie del agua y se entrelazaba sobre los árboles. Avanzaste hasta que el
agua te bajó a la cintura y te detuviste. Yo te miraba fijamente y tú a mí. En
ese momento, eso era amor, ¿no es verdad?
Esa
noche te metiste en mi cama, increíblemente delgada, y cuando intenté besar tus
pezones cruzaste tu brazo ante mi pecho. Espera, dijiste.
Abajo,
los muchachos veían TV y gritaban.
Tú
dejaste que el agua goteara de tu boca y estaba fría. Llegaste hasta mi rodilla
y te volviste a llenar la boca con la botella. Yo escuchaba tu respiración, su
levedad, escuchaba el sonido que el agua hacía dentro del recipiente. Y
entonces me cubriste la cara, la entrepierna y la espalda.
Susurraste
mi nombre completo y nos quedamos dormidos en un abrazo, y me recuerdo cómo a la
mañana siguiente te habías ido, te habías ido del todo, y no había nada en mi
cama o en la casa que pudiera demostrar lo contrario.
(Traducción de Miguel Marqués.)
Serigrafía realizada por María Luisa Sanz con motivo de su obra en el número 21 de Eñe, Nuevos escritores de Norteamérica.
50 copias firmadas y numeradas en papel 100% algodón de 300 gramos.