Diariomon (Diario de Montevideo)
26 de marzo
Cita con ME para hablar de la novela corta que me había pasado en original. Dos horas antes me llamó: no podía venir, se le amontonaron las cosas por hacer antes de irse unos días de vacaciones, para aprovechar la Semana de Turismo (conocida en otros países como Santa). Quedamos en vernos el miércoles próximo. La novela es muy buena y totalmente distinta a la anterior, ya editada. Los trayectos de un viajante comercial que vende videos con categorías como «Falsa felicidad», «Dolor» o «Rarezas» (la más pedida). El vendedor se llama Butor y trilla el interior de Uruguay.
Le había dicho a GS que en cuanto terminaba con ME nos veíamos. Así que lo llamo desde el diario. Había quedado en darme unos pesos por el prólogo, pero me dice que está esperándolos. Entretanto, mi hija Laura me llama, en plan paseo por las calles para agotar a Iñaki, mi nieto hiperenergético, y decido acompañarla unas cuantas cuadras. Me voy del diario y nos encontramos a mitad de camino: me hace reír Iñaki en día de fastidio pleno, once meses, alternativamente cara de bebé y de hombre filosófico y robusto: cortando dientes, mezcla de baba y resfrío, sonrisa seductora, quejidos, bruscos gritos de entusiasmo, toses melodramáticas.
Cuando llego a casa, me dicen que
llamó GS, que nos vemos mañana. Día de citas frustradas. Día de originales de
amigos o conocidos, también. Hacía meses o años que no me daban tres en la
misma semana: JB me da una aparente biografía de un amigo común (vistazo:
sobrecarga de adjetivos y garliborleos, sin entrar en materia), y una novela de
RR. «No es policial», me advierte, por eso quiere mi opinión (es cronista
policial y buen autor de relatos policiales). Leo unas páginas: ciencia ficción
de mutantes humanos y animales, rarísima. Día de sol mezclado con viento entre
fresco y frío, desconcertante. Mantiene un poco a raya a los mosquitos, que
hace semanas que nos enloquecen. Lectura de Ordeno
y mando, de Amélie Nothomb: huequito.
28 de marzo
Domingo. Voy a la feria de Tristán Narvaja. Abarca unas cuantas cuadras, desde 18 de Julio hasta La Paz, desbordándose en calles laterales. Se ha ido desbordando sin pausa en los últimos veinte años, hasta hacerle perder la forma por completo. No hay control municipal ninguno del espacio, y en los cruces de calles cuesta mucho pasar, porque los puestos avanzan hasta dejar apenas pasillos del ancho de una persona. En la misma medida, la feria ha ido perdiendo en buena parte el público que tiene para gastar más (que va en cambio a shoppings o ferias barriales), salvo la especialidad de Tristán Narvaja: librerías y tiendas de antigüedades.
Por eso decido ir tarde (termina del todo a eso de las 16h): parto a las 14:30. Como es un día de sol esplendoroso, queda bastante gente. Percibo algo que ya noté muchas veces: si voy en decidido y a la vez flexible plan de avance, atento a los demás y con capacidad de leves cambios de dirección (tobillos, cintura, torso para ponerme de perfil y pasar entre dos), es como si la gente lo advirtiera y se apartara voluntariamente, salvo en un par de ocasiones. Es una energía en relación compleja, casi un ballet, fluida, parapsicológica inconsciente.
Me quedo a charlar un buen rato con E, empleado de la librería M, a quien conozco desde hace décadas. Los dos ya estamos acostumbrados a las interrupciones sistemáticas y a veces ametrallantes de decenas de padres, hijos y tríos o cuartetos de chiquilinas o chiquilines que vienen a buscar textos para la temporada escolar y liceal, que acaba de empezar. Igual nos matamos intercambiando chistes y datos de cine, amigos, amigas, emigrantes a la otra orilla (Buenos Aires). Vuelvo cuando ya todo empieza a deshacerse, a irse, y queda una especie de resaca flotante, muy lumpen y gritona, camiones organizados o decenas de carritos sobre rulemanes, caóticos, quilomberos y ruidosos. En poco rato pasarán los limpiadores municipales, con un camión cisterna que permite ir enjuagando todo con agua a presión.
Llego a casa y al entrar al baño manoteo cualquier libro de la biblioteca: es algo muy bueno para cambiar de dirección en la cabeza y la lectura. Esta vez es uno de los dos tomos de mitos griegos de Robert Graves en bolsillo. Abro al azar: 46, Bóreas, Hermano de los Vientos del Sur y del Oeste, viola a Oritía «envuelto en un manto de nubes negras». Otra vez, disfrazado de semental, violó a doce de las tres mil yeguas que pacían en las praderas: nacieron doce potrancas «que podían correr sobre espigas de trigo maduras sin doblarlas y sobre las crestas de las olas».
4 de abril
El miércoles pasado fuimos con Iñaki, Pancho y Laura a Peñarol, el barrio ferroviario de Montevideo, en un único vagón de vidrios sucios que sale en excursión de la nueva (y pequeña) estación de trenes. Una romería, que mezclaba empleados de AFE (ferrocarriles del estado), turistas, un grupo de ancianos en actividad de diversión, y nosotros. Una belleza, volver a viajar en tren, con calles que se cruzan en diagonal, un arroyo grande, un poco sucio, etc., más el incanjeable trun-trun, trun-trun de las ruedas metálicas sobre los rieles. El tipo que anunciaba las paradas y tocaba el pito para salir en cada estación se divertía anunciando divagues. Primero la estación correspondiente: «Sayago»; después: «Parada Santos, parada Pecadores…».
El barrio: un otro mundo autónomo. Muy emprolijado en las cercanías de la estación por la tarea de ME, un gigante gallego con el que hemos trabajado juntos en algunos proyectos, y que parecía estar esperándonos en el andén: saludó con grandes ademanes y abrazos, contentísimo. Dentro del museo de la pequeña estación, charla entre apasionada y ansiosa de un hijo de ferroviarios sobre toda la época del ferrocarril. Vueltas por las calles aledañas, de increíble y denso clima. Volvimos demolidos (día pesado de humedad). Valió la pena.
Con ME nos vimos el jueves en vez del viernes; con RR, también (un rato antes). En cambio, el libro biográfico de JB lo terminé recién el viernes y lo vi el domingo. Por suerte mejoraba mucho una vez que se centraba en la personalidad de IK, el tipo que retrataba. Pude hacerle la frase para la faja de tapa, totalmente en el estilo «blurb» de promoción, sin mentir. Como reapareció después de años sólo para pedir ese favor, si no era así no se lo hacía.
Iba caminando recién salido del edificio cuando, al ver al panadero sentado en la puerta de su negocio, me explotó la idea: cansado de cierto aburrimiento general, inventar una noticia convincente y shocking. Imitando en esto a MD, a quien hace tiempo que no veo. Ahora es alto funcionario municipal, pero en aquel entonces era periodista y fraguó una noticia: Jack el Destripador había muerto, según descubrimientos recientes, en la pequeña ciudad de Colonia, frente a Buenos Aires. La noticia, bien mentida, fue recogida por incontables diarios del mundo.
A mí se me ocurrió ahora el descubrimiento de un hijo de Jorge Luis Borges. Lo habría tenido en Salto (Uruguay), donde solía visitar a su amigo Amorim. La madre nunca había reclamado nada porque se arreglaba bien (tenía campos propios) y le tenía un poco de pena a Borges. El hijo, ya anciano a su vez, lo había contado como al pasar, y había permitido el análisis de ADN, que probaba su desganada afirmación.
Cuando fraguo algo por el estilo y lo cuento a otro, me sale una voz muy convincente, sin darme cuenta. Al panadero le avisé que era un invento. A mi hija y a Pancho también, pero me miraban con tanta atención que remarqué: «Ojo, es un invento», y perdieron interés de inmediato. La gente no quiere ni realidad ni ficción: quiere periodismo o historia truchos, fraguados. Casi un rebote del viejo poema de Gabriel Zaid: «Los revolucionarios / hacen colectivos de lujo, / pero la gente quiere taxis».
5 de abril
Salgo muy temprano a desayunar en La Tortuguita, un bar de Tristán Narvaja. En la segunda cuadra sale muy oronda una rata de regular tamaño de una especie de puerta en el zócalo de la pared, caminando lento. Mira como está el tiempo, se da vuelta, camina y vuelve a entrar. Hace unas noches vimos con FP otra rata igualmente serena en 18 de Julio, «nuestra principal avenida». Por la extrema calma de las dos, debe de haber millones.
El jueves hago el cruce mensual a Buenos Aires.
Diarioba (Diario de Buenos Aires)
8 de
abril
Jueves, cruce a Buenos Aires. Casi siempre trato de aprovechar las dos horas y media de ómnibus a Colonia para leer bastante, pero casi siempre duermo más de una hora. El ómnibus sale a las 7 y 30 de la mañana. Pido adelante y me dan el primer asiento. Pronto se sienta a mi lado una mujer de cincuenta y pico, delgada, agradable, y pasamos charlando todo el viaje. Vive en Paso de los Toros, hijos, nieto y, no hace mucho, un cáncer de mama. Va a Buenos Aires a comprar medicamentos, y a ver Agosto, la obra de teatro. Se separó hace un año y medio después de más de treinta años: los dos son médicos, ahora vive sola, pintando, y ejerciendo algo así como la dirección de un hospital. Intercambiamos figuritas laborales, personales, nos separamos en la terminal. Me quedo el resto del día en el departamento que alquilo en Palermo, esta vez sí leyendo. Ese cambio fácil de cualquier cosa cultural (lecturas, cine) por el placer de la charla o el contacto humano se ha vuelto frecuente.
Estoy enganchado con el último Murakami, en realidad viejo (1985): después de mucha pavada minimalista y occidentalista, aquí (allá) hay (había) mucha polenta y presión mantenida.
9 de abril
Traje bastante abrigo, pero como siempre Buenos Aires tiene tres o cuatro grados más que Montevideo, y bastante más humedad. Nos vemos con MS, que está preocupado por una inspección fiscal en España (está viviendo grosso modo mitad y mitad en los dos países): pagó, pero dejó los papeles necesarios para demostrarlo en sitios a los que sólo él tiene acceso. A mi vez veo a GL, con quien divagamos sobre proyectos de seminarios y estética que está encarando, pero al fin nos concentramos en mis propias deudas con la Administración Federal de acá (él vendría a ser mi contador). Me pasará la cuenta definitiva de deuda en los próximos días. Al rato cae RF, cargado de energía, lucidez y humor, y gastado físicamente, pero contento, con el cerebro a mil. Espera a un joven editor israelí que anda por acá y que llega: muestra libritos, que se leen desde la contratapa hacia atrás (o adelante, si entendés las letras, rarísimas). Me entero de que al ser traducido, el original en castellano (o argentino) pierde un treinta por ciento de extensión.
Al rato entran MS con S (un argentino que edita con el hermano bellos libros ilustrados en Barcelona). Salgo para depositar el alquiler en el banco. Cuando vuelvo, me quedo un rato con RF y el editor israelí, que mañana se va a Rosario. Después paso a la mesa de S y S (dicho así parece una marca de masticables americanos). Por la tarde hago un par de cosas más y a la noche llamo a AR, una uruguaya que vive acá hace un par de años. Prepara una excelente pizza casera y me muestra una serie de cortos geniales, publicidades, música, etc., que tiene archivados en la computadora. Hacemos un sentido homenaje: revisión del viejo clip donde el gran Christopher Walken, sentado en un sillón de hotel, empieza a mover un hombro, después el otro, se para, baila y corre como un demente y termina volando o rebotando contra las paredes. Cuando vuelvo al departamento, duermo como un tronco.
10 de abril
Todo a lo largo de esta casi semana se desarrolla el BAFICI, o festival de cine independiente. Cada día marco o marcaré, obediente, diversas películas que no voy o no iré a ver. Leo mucho, camino, dejo para arreglar una campera.
12 de abril
Por la tarde empieza a llover mansamente. Sigue, sigue y sigue.
13 de abril
Sigue lloviendo. Hago compras en el centro que me encargaron algunos uruguayos. Busco algunas cosas para la pequeña J (un dvd del Gato Félix, cosas de escuela). Cada vez que vuelvo al departamento me acuesto y leo. Mucho. Por suerte, MS no tiene que viajar a España (hubiera sido un lanzazo grave a su economía). Sólo hablamos por teléfono. Porque llueve.
14 de abril
Sigue lloviendo. Hago diversas cosas. Marco películas del BAFICI, pero cuando por fin llego a tiempo para ver dos partes de un documental sobre Zappa, nos encontramos con FP y FCh, tomamos café y hablamos. Al fin tomo un taxi, que se va bajo la lluvia, filmado por Orson Welles, en blanco y negro.
Por motivos diversos que no anoto en este diario, escrito a pedido, en los últimos meses el viaje a Buenos Aires es un descanso, como colgado fuera del tiempo, aunque compro regularmente La Nación y me mantengo al día de los tironeos políticos y los hechos deportivos, además de ver la sección espectáculos (para eso lo compro), que ha desmejorado notablemente, como todo el diario, que se ha vuelto una especie de paradójico panfleto opositor. Estado de observación y caminata, curiosidad, control normal de excesos (me bastaría tener más dinero para clavarme con muchos libros que no leería, aparte de los que recibo para comentar en la revista Noticias, el Cultural de Montevideo o el diario Perfil). Esa acumulación no me molesta, y la voy procesando en la medida de mis posibilidades.
Hoy sí, a partir de media tarde, llueven «soretes de punta», arcaica y grosera metáfora callejera para decir que llueve torrencialmente. Así que hablo por teléfono con MS, apago la luz temprano y me duermo, ya entregada la nota sobre una relectura que me hizo matar de risa (Sobre héroes y tumbas, de Ernesto Sábato). En un merodeo inmotivado por el blog Bazar Americano tecleo una «caja hipermedial» dedicada a mi padre Francisco. Como incluye fotos de él y mi madre jóvenes y felices en un parque de Rosario, mucho antes de su muerte por Alzheimer, se me cierra la garganta. Tiene que ver también la lluvia detrás de la persiana, ahora densa y mansa.
15 de abril
Anoche me acosté agotado por el cambio de temperatura (bajó mucho), que me pega sobre todo en primavera u otoño, como hoy (bombardeo de ¡rayos de energía del espacio exterior!, me dije sonriendo, mientras me cubría con la frazada). Por eso me levanto bien temprano y me dedico a dejar el departamento más o menos ordenado (libros y revistas por todas partes, arrojados en estos días).
Voy a Buquebus con un taxista veterano: los dos nos asombramos del clima «no se aguanta más» promovido contra el gobierno de los Kirchner (fórmula elegante para referirse a la aparente falta de peso de Cristina). Coincidimos que hasta ahora es el mejor de los últimos seis o siete gobiernos (reímos o fruncimos la frente ante anécdotas varias de Alfonsín, Menem, De La Rúa…). Sospecho que como yo, él tampoco es peronista, porque me da motivos muy sólidos: cuando De La Rúa, se compró un taxi a pagar en cuatro años y tuvo que dejar de pagar su jubilación para refinanciarlo varias veces. Apenas subido Kirchner, se compró otro 0 km con el mismo plan, y lo terminó de pagar en dos años y medio. Costumbre inveterada: nos deseamos suerte cuando bajo.
Viaje tranquilo en Buquebus. Cuando llegamos a Colonia, algo raro: en tierra, muchísimo viento, aunque el buque no se movió en el cruce. Una hora antes de Montevideo, lluvia tupida cubriendo los vidrios del ómnibus. Leo una serie de notas que fui arrancando de Página 12 o La Nación. Al llegar, viento demencial. Docenas de árboles o grandes ramas caídas y muchas calles cortadas.
Me hago unos fideos, como y me voy al diario. Reparto unos alfajores cordobeses que suelo traer y se han vuelto favoritos, incluso sobre los clásicos Havanna de Mar del Plata, aunque son más pequeños y tienen cierta aspereza de textura.
Voy a lo de Laura y me vuelve a asombrar el cambio permanente de Iñaki. Ya ha dado sus primeros pasos, y en ocho días ha cambiado mucho: ya parece un niño, no un bebé. Macizo, movedizo, muy activo. Por la noche, saco la campera de lana azul gruesa y me la pongo para escribir esto.
Mientras no estaba, me llegó un paquete de revistas Eñe. Leo los diarios de escritores. Dos compatriotas: Pauls y Fresán. Están buenos, incluso Fresán logra controlar esa verborragia datera que me impide disfrutar de muchas de sus notas y de casi todos sus libros (salvo Jardines de Kensington). Es un descubridor de genios demasiado abundantes como para generar confianza en su juicio. Aunque aparece nítidamente, gracias a otros personajes (su mujer, su hijo) como el tipo macanudo que es bajo su exterior de relativo nerd que no puede dejar un instante de consumir, escribir, entusiasmarse, según lo recuerdo de cuando colaboraba en su revista Página 30, y según me cuentan de vez en cuando amigos mutuos que viven en España, como Pron o Diego Gándara.
El de Alan me hace sonreír: para los escritores ¡qué importante nos es la Muerte del Padre! (había releído aquí la mención del mío un par de horas antes). Una observación que hace sobre el museo Warhol me recuerda dos muestras recientes en Buenos Aires, de dos tipos que me interesaron siempre: él (gran muestra en el Malba) y Duchamp (ídem en Proa). De hecho, casi las únicas dos que vi en el último par de años. Algo los une, en mi cabeza: entre otras cosas, que son muy buenos escritores. Pero además, en ambos casos tuve una sensación extraña: aunque eran muy amplias, las dos muestras eran chicas, se quedaban cortas en relación a lo que esperaba. En el caso de Duchamp, era realmente así hasta cierto punto: había reproducciones pequeñas (hechas por él mismo, para sus famosas valijas) de varias obras centrales. Pero fueron formadores de atmósfera más que de solamente obras. Desde hace meses leo despaciosamente la biografía de Duchamp de Bernard Marcadé (y tengo ahí desde hace años la de Tomkins, de Anagrama): sonidos permanentes de fondo, como Dick, Ballard, Arlt, Fogwill, Bernhard, Zelarrayán, Parra, Lihn, Millás, los dos Bowles, Christopher Priest, Hebe Uhart. En buena medida, vivir ha sido leerlos y releerlos.
21 de abril
Unos días sin escribir. Típico de cada vez que traté de llevar un diario: se va trabando, y se detiene por unos cuantos años. Pero me fijo en el contador de palabras y está llegando a las 3.200 solicitadas. Estuvo bueno el encargo. Lo de «Diariomon» y «Diarioba» viene de mi período de ocho años en Buenos Aires, cuando cruzaba una vez al mes a Montevideo (en un movimiento inverso al actual): llevaba un diario en cada ciudad, pero no duraron más de un año o dos. Acá no inventé mucho (tentación eterna de los diarios).
En principio creí que iba a llegar hasta el borde mismo del plazo: el domingo 25, cuando festejaremos el cumple de Iñaki en mi departamento (grande, facilita las cosas). Muchísimo quedó afuera. Pero así son los diarios. Los hay buenos (Gombrowicz, Renard, Ribeyro, Mansfield, ¡Kafka!) y malos (muchísimos). Aquí se acaba. Ojo: se me ocurre empezar un diario en serio. Aunque mejor pruebo el año que viene.
Serigrafía de
Carmen Calvo correspondiente a la ilustración de portada de Eñe 22 | Serie
Negra.
Seis tintas sobre papel Vellín de Arches de 250 gramos. Tamaño: 33
x 48 cm.