¿Tienes muchos libros o una biblioteca, me preguntaba poco antes de morir mi querido amigo Luis Cardoza y Aragón, poeta y crítico de arte guatemalteco, habitante casi toda su vida del antiguo barrio de Coyoacán, como yo, Hernán Cortés, la Malinche, Diego de Ordás, Pedro de Alvarado, Salvador Elizondo y Octavio Paz ? “En efecto, tengo muchos libros y no una biblioteca, respondí, avergonzada”: pensaba que tener varias habitaciones repletas de libros en desorden , incluyendo un gran estudio amenizado por un pequeño invernadero que nunca contemplo – la luz me da de frente en los ojos si abro las cortinas y me hace imposible trabajar en el ordenador- para mí, computadora- (quizá debiera cambiar la disposición de los muebles, reflexiono en este preciso instante en que escribo este texto a petición de la Revista Ñ) – era suficiente para proclamarme como dueña de una flamante y perfecta biblioteca. Olvidaba nada menos que a otros colegas y amigos, por ejemplo José Luis Martínez, recientemente fallecido, quien dejó más 50,000 volúmenes perfectamente clasificados, quizá la mejor biblioteca de literatura e historia mexicana que últimamente haya coleccionado una figura ilustre en mi país, si se exceptúan, entre otras, las bibliotecas de Carlos Monsiváis, del poeta Alí Chumacero o, la del historiador de la ciencia Elías Trabulse.
Sin embargo, y a pesar de que he tratado de ordenarla por lo que ya no encuentro casi ninguno de mis libros, puedo deleitarme haciendo una pequeña descripción de mis libros preferidos, libros que se encontraban en la biblitoeca de mi infancia, más bien en la biblioteca de mi padre y quizá también en una biblioteca circulante que me hace pensar en esas biblitoecas inglesas que popularizaron a Richardson, Fielding, Jane Austen, Dickens o a Charlotte y Emily Brontë.
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