A pesar de que sir Arthur Conan Doyle fue un gran entusiasta de los deportes (hay una foto suya corriendo emocionado a recibir al vencedor en la maratón de los juegos de Londres, puro Carros de fuego) y de lo inglés, las carreras de caballos sólo aparecen en un relato de Sherlock Holmes, Silver Blaze. La historia es estupenda, una de las mejores de la saga —¿se puede decir más?—, pero revela claramente la ignorancia supina del maestro en lo referente a los modos y ritos del turf. Todos los detalles circunstanciales son erróneos o inverosímiles: los aficionados al misterio y al hipódromo disfrutamos agradecidos el cuento, pero a cada paso murmuramos entre dientes «no, hombre, eso no, así no pudo ser». Y nos quedamos con las ganas de una narración que una la excelencia en la intriga con una razonable exactitud del ambiente hípico.
No se trata, por supuesto, de algo imposible de lograr. Lo consiguió Rudyard Kipling en su magnífico The Broken Link Handicap, y también ocasionalmente Lord Dunsany, Edgar Wallace, Damon Runyon, Ellery Queen o Leslie Charteris, por nombrar sólo algunos de los más célebres, al menos en el ámbito literario anglosajón. Pero sin duda el rey indiscutible de este subgénero que combina el relato policíaco con el mundillo de las carreras de caballos ha sido Dick Francis, que acaba de morir a punto de cumplir noventa años. Escribió cuarenta y dos novelas (la última de ellas apareció el pasado septiembre) y un libro de relatos, manteniéndose siempre fiel a los estereotipos del thriller —enigma, violencia, emoción y algo de sexo, aunque nunca con flatulencias perversoides— pero también a la descripción fidedigna del turf, tanto en sus aspectos legales y codificados como en sus oscuras transgresiones. A veces alguna de sus tramas flojea o resulta demasiado convencional —aunque las tiene magistrales— pero en cambio el realismo de la ambientación no se permite fallos. Y los títulos son casi siempre términos del lenguaje turfístico (Forfeit, Dead Cert, Trial Run, Longshot, Odds Against, Flying Finish, Under Orders, Silks…), que la mayoría de las veces pierden su gracia específica en las traducciones.
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Serigrafía de
Carmen Calvo correspondiente a la ilustración de portada de Eñe 22 | Serie
Negra.
Seis tintas sobre papel Vellín de Arches de 250 gramos. Tamaño: 33
x 48 cm.