Demostrando que su sangre además de azul era fría, el príncipe Felix Yusupof, empuñando una pistola mientras abandonaba todo ceremonial y protocolo, le disparó por la espalda a Grigori Rasputín. De inmediato, repitió la acción apoyando el cañón de su arma, todavía caliente, en la nuca de su víctima, gatillando por segunda vez.
—¡Muérase, por favor! —rogaba desesperado el duque Dimitri Pavlovich, llevando todavía en sus manos el candelabro con el que minutos antes le había partido el cráneo al monje loco que seguía dando pelea. El diputado Vladimir Purishkierich contemplaba la escena aún sin poder explicarse cómo aquel autoproclamado hombre santo había sobrevivido, en primer lugar, al vino con cianuro con el que lo habían convidado durante su llegada a la fiesta.
Para sorpresa de los tres, Rasputín permanecía con los ojos bien abiertos, denotando en sus pupilas recorridas por sanguínea irritación una furia demencial que subrayaba su legendaria como abrasadora mirada.
Alertados por los disparos, Andréi Sattatangó y sus subordinados irrumpieron en el cuarto. Todos se quedaron paralizados ante aquel cuadro. Sattatangó volvió en sí tras un segundo eterno, y sin titubear, con su bayoneta atravesó el estómago de quien llegara a ser el hombre más poderoso de Rusia. Hizo girar la cuchilla introducida en su cuerpo, para que fuera más efectiva la herida y recién entonces sacó el acero cubierto de sangre y vísceras. Rasputín, vomitando ríos de color púrpura a través de sus labios cerrados, empecinado en seguir respirando, clavó la vista en su agresor.
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Serigrafía de
Carmen Calvo correspondiente a la ilustración de portada de Eñe 22 | Serie
Negra.
Seis tintas sobre papel Vellín de Arches de 250 gramos. Tamaño: 33
x 48 cm.