Historia de un cúter
Luisa releyó otra vez su informe. Aunque estaba razonablemente segura de lo que afirmaba en él, quería tener también la convicción de que había logrado expresarlo de la forma más precisa. Las palabras técnicas le daban ventaja frente al profano, pero al final tenía que mojarse. Conocía bien, al cabo de quince años de profesión, la mentalidad de quienes iban a leer su escrito. Y sabía, también, que lo que ella sostuviera, si lo hacía con la suficiente rotundidad, podía resultar determinante.
Aquello era rotundo, desde luego. Y lo que estaba en juego, ninguna minucia. Si firmaba aquel informe y lo elevaba a la autoridad judicial, era muy posible que un hombre que estaba en la cárcel saliera libre. Y que una mujer a la que se había tratado como víctima pasara a ser inculpada. Fue consciente de lo que eso suponía: el poder de trocar el destino de dos personas, que el azar había puesto en sus manos. Por haber estado de guardia la noche que aquella mujer se había presentado en comisaría. Por haber examinado sus lesiones y escuchado su insostenible y atolondrada historia. Que su ex marido le había hecho con un cúter aquellas rajitas tan superficiales, tan paralelas y tan pulcramente dibujadas. En medio de un forcejeo, nada menos. Luisa había visto alguna vez la clase de heridas que causaba ese útil en las circunstancias en que la supuesta víctima describía haberlas recibido. Erráticas, oblicuas, profundas. Frente a un filo así, la carne tiene la misma consistencia que la mantequilla.
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Serigrafía de
Carmen Calvo correspondiente a la ilustración de portada de Eñe 22 | Serie
Negra.
Seis tintas sobre papel Vellín de Arches de 250 gramos. Tamaño: 33
x 48 cm.