Este año llegaron los rusos a Punta del Este expresándose en un francés deplorable. Ocurrió bajo el calor aplastante de febrero cuando la temporada ya había entrado en la recta final. Los rusos eran quince, siete mujeres con aspecto de señoras de los años cincuenta y ocho hombres con traza de funcionarios desorientados, de los que ya no encuentran asiento en el Politburó. Supe que desembarcaron con el propósito manifiesto de practicar un sondeo turístico con miras a inversiones futuras. Ninguno de ellos, confieso, evocaba el tipo sensible chejoviano, sino más bien esa gruesa prosperidad mafiosa con más destreza en las manos que en la cabeza. Ignoro si acordaron algún negocio para el porvenir, pero juraron volver. Hoy son muchos los europeos – principalmente no rusos– que juran volver, acaso lo hagan para reivindicar al español que descubrió el Río de la Plata creyendo que había encontrado la ruta del oro.
En efecto, la mañana del 20 de febrero de 1516 fue cálida, desalentada y quieta y a Juan Díaz de Solís debió de resultarle harto útil anclar en la caleta profunda de la isla Gorriti, donde sus hombres cazaron a estacazos docenas de conejos salvajes y se aprovisionaron de agua dulce. [...]