Diario del dormido y del despierto (*)
(*) El 9 de julio de 1993 comencé a llevar un diario, algo que sólo había hecho, a lo largo de poco menos de tres meses, cuando era estudiante de bachillerato en Alicante. En la primera página de un libro blanco forrado de tela con dibujo de flores blancas y negras (regalo de no recuerdo quién) anoté ese día de 1993: “Diario de sueños (apuntes de diario)”. No sabía si iba a ser más constante esta vez, pero sí sé porqué lo inicié: desde febrero comparecía de forma recurrente en mis sueños Juan Benet, el gran amigo y maestro, muerto en la madrugada del 5 de enero de ese año, y en julio tomé la decisión de trascribirlos al despertarme cada mañana, como una manera de retener por escrito las apariciones de una figura tan querida, tan esencial, tan intempestivamente desvanecida. En los días posteriores de ese verano seguí anotando, incluso cuando los sueños no tenían a Juan de protagonista, y también consignando algunas actividades o hechos diurnos. El diario no se ha interrumpido desde entonces (excepto en algún corto período), y hoy va por su libro décimo-séptimo: unas 6000 páginas en total, calculo, escritas todas a mano y a tinta, con la pauta de empezar (cuando lo recuerdo) con el relato de los sueños tenidos la noche anterior y añadir después, con las arbitrariedades que yo mismo me impongo, lo visto, lo leído, lo experimentado o lo escuchado, fuera y dentro de casa, en el resto del día. Las páginas siguientes son una trascripción no-literal (a veces ampliada, a veces discretamente ‘editada’) de algunas entradas de ese volumen 17 de mi diario correspondientes a los meses trascurridos desde el 1 de agosto al 1 de noviembre de 2007.
Madrid, Santander, Laredo, Marruecos, Londres
Del 1 de agosto al 1 de noviembre de 2007
Madrid, 1 de agosto
¿Descansamos de los sueños en verano? Llevo tres semanas despertándome con gran decepción de mí mismo, de mi cabeza soñadora, que suele ser fantasista y viajera y ahora no sale de la obviedad: peligros comunes, tragedias ridículas, ansias rastreras. El entierro de Ingmar Bergman en los periódicos; que difícil es este género del obituario de encargo. Yo mismo empiezo por la noche a escribir el artículo necrológico que me han pedido desde México (para el suplemento dominical del diario ‘Reforma’), con la ventaja al menos de que puedo ser largo y tengo 48 horas de tiempo. Las obras finales de los artistas (las que están hechas con una clara conciencia testamentaria) siempre me han fascinado. El último autorretrato de Picasso –la máscara de un viejo verde- del 20 de junio de 1972, los ‘Diálogos del conocimiento’ de Aleixandre, ‘La tempestad’ de Shakespeare y, en el cine, ‘Los muertos’ de Huston, ‘Siete mujeres’ de Ford o ‘Gertrud’ de Dreyer. La definitiva despedida cinematográfica de Bergman, después de varios amagos, fue ‘Saraband’, una pieza de cámara de un descarnamiento lírico estremecedor. Bergman es para mí, junto a Pier Paolo Pasolini, el gran paisajista del rostro humano en el cine, no pudiendo ser los dos más diferentes entre sí. Pasolini se especializó en retratar minuciosamente las caras de sus actores naturales, pero en su caso se trataba, me parece, de un itinerario orográfico: los accidentes en la superficie. Bergman, por el contrario, buscaba los yacimientos; el mineral más duro, más raro, más hermoso o más puntiagudo, cristalizado bajo la piel de sus intérpretes, la mayoría escrutados repetidamente de una a otra película.
4 de agosto
Por influjo de Bergman tal vez (que dijo que “cuando el cine no es documento, es sueño”): anoche soñé algo fuera de lo trillado. Yo componía una pieza musical para voces solas, y al ir a estrenarla los cantantes no podían; en las partituras sólo figuraba la letra, y eso no les bastaba, pese a ciertos “acentos” que yo había puesto bajo las palabras. ¿Cómo cantar aquello? En un ensayo, el barítono (el verdadero barítono Luis Álvarez, que conozco sobre todo por sus interpretaciones de las óperas de Luis de Pablo) se iba conmigo a un rincón de la sala, donde yo le tatareaba mis melodías mentales, que él iba trascribiendo. Así podían los cantantes estudiarlas, y estrenar la pieza. No recuerdo si la obra gustaba, pero sí que en la sala de conciertos, llena, estaba Don Salvador de Madariaga (o Don Claudio Sánchez de Albornoz; en algún pasaje del sueño, ambos), y yo me refería a ellos en mis palabras de agradecimiento preliminares. Un final de mucha preocupación, compartida por el resto del público: ¿cómo sacarles de allí? (¿De España, era?). Y había que hacerlo por mar, si fuese preciso sosteniendo el frágil cuerpo del anciano (ahora Don Salvador y Don Claudio volvían a ser uno) entre los brazos de unos nadadores voluntarios.
5 de agosto
Asociaciones musicales fuera de la música. Ayer vi en la sesión ‘golfa’ (mi favorita siempre) de los cines Renoir Princesa una agradable película francesa, aquí llamada ‘La última nota’ (en francés ‘La tourneuse de pages’), ‘thriller’ intimista en torno a dos pianistas, una de ellas, la ‘pasapáginas’ del título original, muy justamente vengativa de su antigua examinadora del conservatorio. Curioso que el título coincida con el de la novela de David Leavitt ‘The Page Turner’ (en la edición española de Anagrama ‘Junto al pianista’), que Ventura Pons adaptó muy bien al cine (‘Food of Love’). Y por la tarde terminé de leer la breve novela de Jean Echenoz ‘Ravel’, sugestiva, elíptica, juguetona, más, diría yo, a lo Satie que a lo Ravel. Echenoz es, junto a Ian McEwan, uno de los pocos escritores modernos extranjeros del que leo todos los libros publicados. La suya seguramente no es una gran literatura, pero ese alto término medio homogéneo le evita las estrepitosas caídas del gran McEwan (como para mí lo es su pretenciosa y cargante ‘Sábado’). Echenoz es un destilado de baja graduación de los ‘grandes crudos’ del Nouveau Roman (su objetivismo descriptivo es a veces el de la Sarraute, su humor seco el de Robbe-Grillet). Más atractivo y ligero, no menos inteligente, igual de no-significante que aquellos. Un verdadero escritor.
6 de agosto
Breve y rara parábola onírica: me despertaba en el momento en que un caballo de otro rancho, marcado de otro color en su piel, entraba en mi cuadra vallada y no se lo impedíamos. ¿Yo y quiénes más?
Secuestro en Marruecos del semanario en francés ‘Tel Quel’ y de ‘Nichane’, su homólogo en árabe, publicados por el mismo grupo de prensa. Sigo asiduamente ‘Tel Quel’, que me recuerda mucho el ‘Cambio 16’ de la Transición: populista, progresista, laico, atrevido hasta donde puede serlo, y hasta donde no, como demuestran sus frecuentes líos con la justicia y esta grave suspensión y destrucción de sus muchos miles de ejemplares, sin duda decretada por el gobierno con el consentimiento del rey. Leo con retraso (y con menos entusiasmo que la mayoría) ‘Los girasoles ciegos’, de Alberto Méndez, de la dinastía progre de los Méndez, una referencia fundamental de mis primeros años de estudiante en la Complutense. Difícil reto de adaptación cinematográfica, que ha hecho o está haciendo Rafael Azcona. Pero Azcona siempre sale magníficamente bien parado de lo más arduo. Su guión de la novela de Vizinczey ‘En brazos de la mujer madura’, adaptada a la España de la guerra civil y la posguerra es un modelo, que no sé si se enseña en los talleres de escritura cinematográfica que ahora proliferan.
10 de agosto
En el Madrid desierto atraco a los pocos amigos que llaman o van de paso, preguntándoles qué les parece el título que he pensado para el libro que estoy escribiendo, un ensayo de rememoración personal de las grandes figuras del erotismo cinematográfico. La palabra “mitos” no quiero que salga (aunque era el deseo original de la editora de ‘Espejo de Tinta’, Rosa López, quien me sugirió escribir el libro). Y menos aún quiero desde que ayer leí, en el volumen de la colección Visor de poesía que me regaló el lunes Chus [Jesús García Sánchez, su editor], este poema del libro inédito (pero no testamentario, pues está escrito en los años 80) ‘Rojo y sepia’, del gran poeta cordobés Vicente Núñez, a quien vi y fotografié a lo largo de un día para mí memorable en su pueblo de Aguilar de la Frontera, meses antes de su muerte el 22 de junio del 2002. Dice así el poema: “Que no me traiga nunca/un mito. Alzo la dalia/leve de esta taza china/y es firme el té. Pero mis labios, solos,/siguen surcando su menudo océano/con la misma zozobra.” Me gustaría pensar que hay una errata en las primeras líneas del poema de Núñez: “Que no me atraiga nunca/un mito”.
El título que les consulto a los amigos es ‘El cine de las sábanas húmedas’, y los preguntados son Emilio Sanz de Soto, Asier Uzkudun y Luisgé Martín, Fernando Marías, Javier Montes, Menchu Gutiérrez (estos dos por correo electrónico dirigido a sus respectivas atalayas, montañosa y marítima). Lo curioso es que de los consultados, el más joven, Javier, y el mayor, Emilio, no conocían la expresión que yo daba por universal, “el cine de las sábanas blancas”, introduciendo así, con el cambio de adjetivo, húmedas en vez de blancas, la sugerencia del ‘wet dream’. En mi casa, cuando mis hermanos y yo éramos pequeños, mis padres nos decían, sobre todo a mí, el menor con diferencia: “y ahora al cine de las sábanas blancas”, que era, naturalmente nuestra camita individual de un solo cuerpo. Estaban mis padres, no muy aficionados al cine, preparando inconscientemente la vocación cinéfila de sus dos hijos varones.
11 de agosto
Anoche me acosté muy tarde, tras un día largo de escritura en el libro de las Sábanas Húmedas. También me levanto tarde, y con el recuerdo de un sueño último, tenido a media mañana: un adolescente que está sentado en la taza de un váter se alza de golpe del asiento, mostrando su colita minúscula sobre los pantalones bajados y gritando: “¡Ser o no ser!”.
Hoy me doy un descanso en el libro y lo celebro, primero, comiendo las cerezas posiblemente últimas de la temporada, compradas a un precio más propio del caviar o el foie: 15 euros el kilo. Deliciosas, y aún muy turgentes, como me gustan. La cereza es la fruta que más disfruto, junto a los dátiles amarillos, sin madurar, ásperos y dulces a la vez, que también hay ir a buscar de octubre a noviembre, como si de un producto remoto y clandestino se tratase, a comercios caros y excéntricos. 2007 ha sido sin embargo un excelente año de cerezas, sin duda por efectos del calentamiento global, que alguno benéfico tenía que tener. Empezaron a verse en mayo en los mercados y, en vez de acabarse a primeros de julio, aún están asequibles para los caprichosos a mitad de agosto. Por la tarde, mi vacación sigue con una larga visita al Reina Sofía, donde vuelvo a ver por tercera vez la antológica de Luis Gordillo, el pintor español de los últimos treinta años que más me ha interesado siempre, junto a Tàpies. También veo la de Carlos Pazos, que gana mucho en la acumulación de su bric-à-brac dadaísta-petardista, y la de Le Corbusier, con algún cuadro curioso, en su estilo siempre derivativo. De madrugada, en la golfa de los Renoir Plaza de España, un drama marino muy entretenido, ‘El extranjero’ (‘L´équipier’ en francés), del sólido pero algo convencional Philippe Loiret, de quien recuerdo, ya hace años, su ‘En tránsito’, con Marisa Paredes, a concurso en San Sebastián. Aquélla se desarrollaba toda en un aeropuerto, y ‘El extranjero’ principalmente en el faro de la isla de Ouessant; recuerdo mi propia y mucho más plácida experiencia farera, como invitado una vez de mis amigos Pedro y Menchu, farero y farera-consorte en Monte Igeldo.
20 de agosto
Sueño de color. Una pareja muy atractiva de negra y esloveno ciego (ella con la cara de la estupenda actriz española Judith Diakhate, ahora en boga, él con la del novelista Amos Oz) actuaban en algún local, y su espectáculo consistía en extraer de la mesa de restaurante a la que estaban sentados fragmentos de realidad que les rodea, uno de los cuales, el más vivo del sueño, era una bacanal de perros. La acción estaba situada, creo, en la Residencia de Estudiantes, y de repente llegaba Juan Benet con su propia novia negra. Rivalidad visual entre las dos chicas de color.
En medio de la rutina y el intenso trabajo en el libro tomo una decisión: me compraré un televisor de plasma, aunque mi viejo Sony de tubo estaba el hombre en muy buen estado. Lo hago quizá por celos (del aparato de Juan Antonio [mi hermano] que vi en espléndido funcionamiento hace unos días en su casa), o como manera fácil de mitigar el ‘spleen’ vital. Veo ahora (contra mi costumbre) películas en DVD para refrescar la memoria mientras escribo las Sábanas Húmedas, y la diferencia de imagen entre el antiguo televisor y el Sharp de 31 pulgadas que me traen a prueba es sensacional. Lo estreno poniéndome ‘Al este del Edén’, y quizá me enamoro instantáneamente de James Dean por lo líquido que está en el cristal de la nueva pantalla.
22 de agosto
Me levanto contento porque dentro de una semana me iré de vacaciones (cortas) y por la recuperación de los sueños novelescos. Anoche uno de catástrofes en una casa de campo donde yo vivía y los animales, mis mascotas, no eran alimentados. Unos chuchos desconocidos entraban a robar comida: imagen de uno grandote sorprendido por mí dentro de un armarito frigorífico comiendo hamburguesas ya cocinadas. Luego esas hamburguesas eran servidas por alguien que vivía en la finca, y un perro y un gato de la casa las rechazaban; preocupado, yo les ponía leche y trozos de pan, pero eran unos pájaros y otros bichos ajenos los que se lo comían. Romance mío con un gato, siendo yo en la realidad perruno y exasperándome por lo general los gatos. La particularidad de este gato del que yo me enamoraba es que era diminuto, una miniatura felina perfecta del tamaño de un soldadito de plomo. En plena luna de miel gatuna, hacía averiguaciones para ver cómo me lo podía llevar de vuelta a España, pero me despierto sin saber en qué país estaba la finca ni si las autoridades me permitían la importación del minino.
Paso un par de horas deliciosísimas leyendo el libro de Edgardo Cozarinsky ‘Museo del chisme’. Gossip literario de alto nivel, con la refinada gracia de este siempre original escritor (y cineasta).
24 de agosto
Descanso de las Sábanas Húmedas, para variar un poco de registro, pero escribo hasta las seis de la tarde: retoco y acabo una obra breve de teatro, ‘El gusano por dentro’, parte de una serie de tres que he titulado provisionalmente ‘Comedietas’, en homenaje a los ‘Dramolettes’ o dramitas de Robert Walser. Por la noche voy al cine, a ver ‘Cuando naces…ya no puedes esconderte’, horrible título para una película interesante, aunque no a la altura de la anterior de Marco Tullio Giordana, ‘La mejor juventud’, que hace tres o cuatro veranos me cautivó en sus dos partes, más de seis horas en total. Ésta trata desde un prisma atrevido, pero con trazos algo gruesos, el tema de la emigración, y cuando, muy de vez en cuando, veo alguna película que lo refleja, siento más la frustración de ese proyecto cinematográfico, suspendido bruscamente en mayo del año pasado, que podría haber sido ‘El dios de madera’, “mi segunda película”. Qué rara me suena esa frase. Aunque me gustaría volver a rodar, jamás pienso en mí como un director de cine. A lo sumo como un novelista que ha hecho una película. Y curiosamente anoche pasaron mi ‘opera prima’ (otro término que me resulta incongruente) en la terraza de verano de la Filmoteca. No fui a verla, por supuesto; la tuve que ver muchas veces cuando se estrenó y anduvo por los festivales, y la experiencia de una proyección al fresco no creo que le siente bien a una película tan de pasiones frías como ‘Sagitario’.
Santander y Laredo, 28 y 29 de agosto
Interrumpo ‘El cine de las sábanas húmedas’, ya muy avanzado, y salgo, antes de las vacaciones marroquíes, para hacer dos ‘bolos’ seguidos, uno en Santander, donde dialogo con el muy grato poeta y crítico Regino Mateo sobre ‘El abrecartas’ en los Martes Literarios de la UIMP, y al día siguiente otro muy similar, esta vez yo en solitario, en Laredo, bajo un diluvio. Recluido en el hotel por la lluvia, leo la novela ‘Les Montparnos’ de Georges-Michel, ambientándome para el texto largo sobre la leyenda de Modigliani que he de escribir en septiembre para el catálogo de la exposición que prepara el Thyssen, y también el tomito de las cartas de Vicente Aleixandre conservadas por Jaime Siles. Aunque el poeta mayor se muestra generalmente cauto en esta correspondencia, hay apuntes que tienen todo el tierno pero picante humor de Vicente; me río mucho con éste sobre mí, del verano de 1970: “Vicente, con su pelo largo y cardado, venía con una cabeza casi rutilante. Cada cual tiene sus gustos, pero yo creo que no le favorece su recuerdo de Absalón”. Era en efecto mi época, digamos, pop, en la que, además de otras veleidades indumentarias, trataba de disimular mi alopecia con peinados de estrella del rock.
Marruecos, 5 de septiembre
Las vacaciones en la costa atlántica de Marruecos trascurren plácidamente, aunque el coche que hemos alquilado se ahoga y nos da sustos cada 50 kilómetros. He vuelto en este viaje a visitar Essaouira y Agadir, al cabo del tiempo, y las encuentro empeoradas; Essaouira, bellísima siempre, está más “ibicenca” si cabe, plagada de tiendecitas monas y hoteles con (relativo) encanto. Agadir, que nunca fue otra cosa que una ciudad cómoda y de excelente clima a la que en otra época iba a pasar temporadas cortas, ha caído plenamente en el imperio del ‘resort’ y los hoteles para turistas cautivos, que después del baño y la compra en las boutiques falsamente europeas no asoman más la nariz (pelada por el sol). Lo mejor del viaje ha sido llegar hasta Sidi Ifni, después de una parada (con baño y almuerzo en una playa de arena finísima y rocas trogloditas) en el parque natural de Massa, donde vemos desde los puestos de observación el baño de los flamencos rosa en la marisma y una manada de jabalíes descuidados. Sidi Ifni, situada junto a un abrupto acantilado que se puede bajar por escaleras, aun conserva rótulos españoles en calles y edificios, y un cierto aroma de ciudad de provincias andaluza de los años 50. Bonitos edificios de Art Déco morisco, y un par de marroquíes mayores que al oírnos hablar por la calle nos saludan en castellano.
Madrid, 12 de septiembre
Breve sueño en el que se me ocurría algo para ‘El viajero’, el suplemento de viajes de ‘El País’. Se trataba de una serie sobre Lugares Famosos de Despedidas Amorosas, en la literatura, el arte y la vida real, de la que sólo recuerdo al despertar un ejemplo: una despedida en el Gólgota.
Ya de regreso en Madrid, voy con Javier [Montes] al primer estreno de la temporada: ‘Barroco’. Sólo el gran ‘mono’ teatral que teníamos nos anima a reincidir en otro montaje firmado por el supuesto genio del Este europeo Tomaz Pandur, a quien, tras ver hace un par de años en el María Guerrero su espectáculo ‘Infierno’, rebauticé como ‘Pladur’. No conozco actualmente un director de escena más falso, más hueco, más vacuo, que este ‘Pladur’ sostenido por algún crítico local, algún actor que le toma por un ‘gurú’ y algunas instituciones que emplean el dinero público en semejantes mamarrachadas. ‘Barroco’, su ‘remix’ de ‘Las amistades peligrosas’ de Laclos y ‘Cuarteto’ de Heiner Müller, es igual de inane y decorativa, pero así como en ‘Infierno’ la gran Charo López lograba hacer creíble y divertido un episodio de alta comedia, aquí, por desgracia, los tres actores naufragan en la pomposidad general, sin siquiera salvarse la inmensa Blanca Portillo. Salimos del auditorio del Centro de la Villa dejando a un público que vitorea puesto en pie, aunque no somos Javier y yo los únicos espantados; Lourdes Ortiz y Gabriel Carrascal, gente sabia de teatro, salen también indignados. Por la noche, con ese prodigioso sentido de la oportunidad que a menudo ofrecen las lecturas, encuentro antes de acostarme este aforismo de Nietzsche: “Quien sabe cómo se forma toda fama también albergará sospechas contra la fama de que goza la virtud”.
28 de septiembre
Teníamos en el patio central del gran edificio donde vivíamos (una mujer y yo) la araña gigante de Louise Bourgeois, transformada en una grúa utilitaria para el acarreo de material en unas reformas de albañilería. Yo le proponía a la mujer que estaba conmigo dejar siempre esta araña-montacargas en el patio, una vez acabadas las obras. Me despierto, por las necesidades urinarias que los hombres de mi edad sentimos a veces en medio de la noche, pero al volver a la cama tengo un segundo sueño, esta vez forestal y fantástico: en el lago de un bosque había un árbol enorme o una liana monstruosa que salía de la tierra y llegaba hasta mí, tumbado día y noche en el agua. Esa larguísima raíz tubular, negra y brillante, iba formando figuras que nadie a mi lado advertía: la de un mono, la de un cocodrilo, la de otros animales más difíciles. Suena el despertador en el momento en que iba a averiguar si eso era un prodigio de la naturaleza que había que comunicar a los científicos o un encantamiento.
Acabo de leer ‘Tokyo Blues’ (o ‘Norwegian Wood’), la novela de la que llevaba dos o tres años oyendo hablar y hasta ahora no me había atrevido a abrir. Murakami es de verdad. Delicado, descarnado, más Salinger que Mishima (y cercano a veces a las mejores películas de Kim Ki-Duk, como por ejemplo ‘Samaritan Girl’), su escueta tristeza, sus ritmos narrativos, sus mujeres frágiles pero determinadas, me captan desde las primeras páginas. Por la tarde voy a la presentación en la librería Central del Reina Sofía de dos recopilaciones de miscelánea de Juan Benet, y de camino entro en la galería de Salvador Jiménez, donde exponen dos artistas para mí totalmente desconocidos, la finlandesa Stiina Saaristo y el bilbaíno Kepa Garraza. Les seguiré siempre que pueda a partir de ahora. Hacen, cada uno en su estilo, una figuración ‘moderna’ de gran rigor y belleza, más conceptual la de Garraza, más post-expresionista y ‘freudiana’ (de Lucien, no de Sigmund) la de Saaristo.
Londres, 4 de octubre
Soleado día londinense, que empieza con mi entrevista a Michelle Pfeiffer (para El País Semanal) y sigue con un largo paseo, unas compras de libros, una visita a la decepcionante exposición de la Hayward Gallery ‘The Painting of Modern Life’ (sobre los artistas contemporáneos que pintan a partir de fotografías) y acaba con un té en el hotel Claridge´s, al que invito a Miriam Gómez. Nos ponemos las botas y al día. Los controles en el aeropuerto de Heathrow recuperan la tradición del castigo corporal a la que los ingleses son, por tradición, tan adictos. Excepto latigazos, cualquier otro tipo de vejación es sufrido por el viajero. Inútilmente. Después de pasar, exhausto y semi-desnudo, el control, me doy cuenta de que unos botes de loción corporal que ‘birlé’, como es de rigor, del hotel y me olvidé de poner en la bolsa transparente, no han sido detectados y destruidos, pese a su color y textura potencialmente explosivos. En el avión leo ‘Cultural Amnesia’, el libro de Clive James que compré esta mañana en Hatchards; una recopilación voluminosa de reseñas y viñetas. Aunque apenas conozco su poesía, que algunos alaban mucho, James es un escritor ‘ligero’ de alto nivel y gran cultura, un Gore Vidal australiano que no hace novelas, y que siempre me cayó muy simpático –además- por no desdeñar el trabajo de cronista televisivo en el que yo mismo he incurrido más de una vez. Su ingenio es, como el de los mejores ‘wits’, tan ácido como veleidoso, y hay un ejemplo estupendo en el libro cuando ataca a Jean-Paul Sartre (y lo hace a menudo) con esta frase: “En el estilo de argumentación de Sartre, la metafísica alemana se une a la sofística francesa en una especie de Comunidad Europea del Carbón y del Acero que sólo produce gas retórico”. El error de James es no entender que Sartre es un gran narrador antes que un filósofo, e incluso cuando filosofa hay que leerle suspendiendo nuestra incredulidad, como hacemos con los grandes poetas y novelistas.
11 de octubre
Sueños catalanes. En el primero, yo vivía plácidamente en Barcelona, hasta que todo cambiaba por la llegada de un Rafael Sánchez Ferlosio vestido regiamente, con abrigo de pieles y chambergo, y dispuesto a vejarme. [He de aclarar que en la realidad nos hemos tratado muy poco y muy bien, siendo yo, como es lógico, gran admirador suyo]. Unos cuantos ‘ferlosianos’ se volvían contra mí y me hostigaban por la calle, obligándome, para obtener el perdón, a decir en voz alta ciertas consignas. La que tenía un efecto balsámico era ‘¡Visca la Moreneta!”. Después de un receso urinario, otro sueño en el que yo les enseñaba a papá y mamá un piso que me había comprado en Marruecos, y ellos me querían mostrar unas altas montañas alicantinas; estando en esa visita campestre, un macarra maduro que andaba por allí con su mujer me pide el móvil para fotografiar la cascada que se veía caer desde las cumbres. De mala gana le decía yo que sí, y me ponía a conectar el telefonino, pero, con mi poca maña para estos aparatos, no acababa de hacerlo bien, y el tipo se enfadaba y me amenazaba violentamente. Llegaba entonces la policía municipal, con la que yo me entendía en catalán fluido, y el tipejo se burlaba de ellos, hasta que le detenían. Yo gritaba entonces, muy contento: “¡Chirona, chirona!”, pero el detenido, con las esposas puestas, se giraba y me decía: “¿A qué viene aquí Girona?”.
Le dan el Nobel de literatura a Doris Lessing, a la que nunca sentí deseos de leer, sin duda injustamente. Y no sólo eso: es uno de los pocos autores de quienes no tengo un solo libro en mi amplia biblioteca. ¿Tendré que leerla?
16 de octubre
Hoy soy yo el premiado, y mientras atiendo, medio dormido (estoy terminando el libro de las Sábanas Húmedas, y anoche escribí hasta las 5 de la madrugada) a Rogelio Blanco y a César Antonio Molina, que llaman con la noticia y la felicitación, pienso absurdamente en que, junto a la propia Lessing, la inmensa mayoría de la población mundial ni me ha leído ni tiene un libro mío. Aparte de dormido, el Premio Nacional me pilla por sorpresa, aunque Jorge [Herralde], dicho sea ahora en su honor, tenía desde el principio confianza en que lo “ganásemos”. Como suele pasar en estos casos, la alegría no encuentra ocasión de materializarse, y menos de interiorizarse. Las llamadas empiezan inmediatamente, y sólo a las siete y media de la tarde decido poner los contestadores e irme como estaba previsto al teatro con Manolo Gutiérrez Aragón. A pesar del cansancio disfruto enormemente del ‘Happy Days’ de Beckett interpretado por la extraordinaria Fiona Shaw: sublime, ‘middle class’, exhibicionista, descoyuntada, y, como tiene que ser la representación de esta obra, constantemente divertida.
Marruecos, 27 de octubre
Entregado hace días el libro de las Sábanas Húmedas y cumplidas en parte mis obligaciones de premiado, paso unos días de descanso en una pequeña ciudad costera de Marruecos, donde hace tan buen tiempo que yo, que soy un friolero, me baño en el mar tres días seguidos. En la playa, una perra mayor, turbia de ojos, merodea alrededor de mi toalla, sin dejar de mirarme con suprema bondad ya fatigada. Me viene el recuerdo de algunos queridos perros ajenos: los sucesivos ‘Sirios’ de Vicente [Aleixandre] correteando por el jardín de Velintonia, la ‘Landau’ de los Benet, el ‘Nil’ de Frederic [Amat] bajando y subiendo las escaleras, cada vez con mayor trabajo. Creo que me moriré, entre otras grandes carencias de mi vida afectiva, sin haber convivido con un perro. Estoy acabando ‘Le coté de Guermantes’, en la relectura completa de Proust que inicié hace seis meses. ‘En busca del tiempo perdido’ es una mina de presentimientos y revelaciones, pero hoy me ha conmovido algo en apariencia banal: una página bellísima sobre los tapones para los oídos. Comparto con el maestro no desde luego el talento pero sí la manía de protegerme del ruido.
1 de noviembre
Mamá moría, un sueño que se repite desde que murió, un año después que Juan [Benet] A veces están vivos, ella y él, por separado, y esas resurrecciones me hacen compañía. En el sueño de anoche le fallaba el hígado, que no fue la causa de su muerte, pero el hospital era muy parecido al de entonces, aunque con un detalle grotesco: no había retretes para los visitantes sanos. Mientras hago las maletas sigo en un canal parabólico las noticias de la sentencia del 11 M. Desde el avión, las aguas del Estrecho lucen radiantes y limpias de pateras. Salta en un Times Literary Supplement atrasado que llevo esta cita de Alfred Polgar: “El destino del emigrante es que la tierra extranjera nunca llega a ser su patria: su patria se hace extranjera”.