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Número 23. Otoño 2010
La dichosa foto
Berta Marsé

En fila india y con la lengua fuera, los nueve miembros de la expedición dominguera formada por la familia Fernández Gaitán descienden montaña adentro por un sendero de escaleras de piedra muy resbaladiza que conduce al enclave romántico y húmedo donde nace un río. Los niños observan el agua helada que surge con ímpetu desde lo más profundo de la roca, y el resto se acomoda donde puede para recuperar el aliento. En ésas están cuando la voz del cabeza de familia se impone sobre el refrescante sonido para hacer una sugerencia.

  —Bueno, vamos a ver, juntaros todos ahí enfrente.

  —Oh, no, ya estamos con la dichosa foto… —suspira la suegra de Ulises Fernández.

  Así es. Ulises Fernández pretende estrenar su cámara retratando a la familia junto a las fuentes del Llobregat; como se encargará de recordarles a la menor ocasión, para eso ha pagado tres peajes antes de llegar hasta aquí.

  Ha de interceder Raquel, su mujer, experimentada en estos trances:

  —Acabamos de llegar, Ulises, por favor. Haremos esa foto, ¿de acuerdo?, pero antes deja que por lo menos nos refresquemos un poco.

  Ayer celebraron el cuarenta y siete cumpleaños de Ulises. Raquel y su hermana María se decidieron a regalarle la cámara digital a pesar de lo plasta que se pone con las fotos, y con idea de ahorrar en revelados. Raquel ya ha empezado a arrepentirse, mientras ayuda a su madre a sentarse con cuidado sobre una roca. Cerca de ellas, dos adolescentes comprueban que en este recóndito paraje sus móviles no tienen cobertura. Parecen muy fastidiadas y no muestran ninguna curiosidad por el entorno; al contrario que Sergio, el hermano pequeño, el único en acercarse a las rocas y tocar el agua helada.

  —¿De dónde sale el agua, papá? —pregunta, intrigado.

  Pero Ulises ha empezado ya a apretar todos los botones de su flamante cámara, mirándola con preocupación.

  —Oriol, ¿tú lo sabes? —insiste el niño, esta vez a su tío.

  Con un bebé de nueve kilos en la mochila, dormido desde hace más de dos horas, Oriol sólo tiene fuerzas para prender un Fortuna y torcer el cuello hacia un lado y arriba para expulsar el humo lejos de la cara del bebé.

  Aprovechemos estos segundos de relativa calma para situarnos en escena: Ulises Fernández, el tipo que ha pagado tres peajes para estrenar cámara en las fuentes del Llobregat, ha venido acompañado de su mujer, Raquel Gaitán, la que ahora mismo se está pasando el pañuelo empapado por el canalillo, sus dos hijos, Sergio, de nueve años, que sigue escrutando el interior de las rocas, y Vero, que viene con su inseparable amiguita, Paula, ambas de trece años y brillante chándal blanco. La que mira alrededor con desconfianza es su suegra, doña Amparo, y la que viene rezagada y sin resuello es su cuñada, María, y eso que su voluntarioso marido, Oriol, ha cargado todo el camino con su rollizo cachorro de seis meses.

  —¿Dónde está tu hermana? —pregunta Ulises a su mujer.

  Aún sofocada, Raquel señala el sendero con un gesto de cabeza. María baja los últimos peldaños agarrada a la barandilla de madera y haciendo equilibrio sobre sus tacones.

  —Es que a quién se le ocurre… —murmura Ulises, y eleva un poco más la voz—: ¡Irás más rápido si te quitas esos zapatos!

  —¡Es que me da asco pisar el musgo!

  —Anda que no.

  Ha sido oír la voz de la madre y el bebé arranca a llorar a pleno pulmón. Las tres horas de sueño se han cumplido, ahora toca comer y no perdona. Su padre le mece sin demasiada gracia. Oriol es un tipo grande y fofo, con un ramalazo hippie y un ritmo menos revolucionado que el de los Fernández Gaitán. Al fin llega María, con los pies absolutamente destrozados pero limpios. Lanza una mirada rápida a su alrededor y elige sitio detrás de su madre, logrando a la primera la postura cómoda sobre la piedra.

  —Ya —dice, contenta. Pero cuando mira a Oriol le cambia el gesto—. Mira a ese idiota, fumando otra vez con el niño encima.

  Vero y Paula llevan un rato burlándose del interés de Sergio por la roca de la que irrumpe el agua; pero como siempre están dispuestas a achuchar al bebé de María, deciden ayudar a Oriol a quitarse la mochila sin tener que tirar el cigarrillo. Raquel empapa de nuevo el pañuelo en el agua, lo retuerce y se lo pasa a su hermana.

  —Mira qué bonito… —le dice—, no me digas que no parece sacado de un pesebre.

  La madre de ambas se adelanta y matiza:

  —¡Pero qué humedad! Se te encrespa el pelo que es un contento.

  María recibe a su bebé, que ha enmudecido al sentir la inminencia, y Raquel se queda de pie, cubriéndola discretamente mientras amamanta.

  —Venga, va —se impacienta Ulises—. Iros arrejuntando todos ahí, alrededor de María.

  —Dios mío, qué pesado —suspira Raquel.

  —Pero ¿qué quiere? —pregunta María.

  —Hacer una foto, hija —dice doña Amparo.

  —¿Ya? Pero si acabamos de llegar…

  Raquel se encoge de hombros con expresión de qué quieres que haga yo. Doña Amparo se satisface íntimamente al recordar en voz alta:

  —Vuestra fue la idea de regalarle la cámara; ahora, apechugad.

  —Al menos que espere a que dé de mamar al niño, ¿no? —protesta María—. El pobrecillo no tiene por qué pasar hambre por culpa de las prisas de su tío.

  Ulises mira sin ver, buscando un encuadre bucólico, y quejándose por lo bajo:

  —Pero si sólo es una foto, caramba, unos segundos de nada, a lo sumo un par de minutos… Y no tiene ni que moverse… Pasar hambre, por favor. Si ese niño dice ay y ya le están enchufando la teta. Si está como un torrezno…

  —Ni hablar de fotos ahora —le advierte María a su hermana, muy seria—. Además, el agua sale del otro lado, ¿qué clase de fotógrafo es?

  —Yo no me muevo de aquí —dice doña Amparo.

  —¡A Sergio, papá, sácale una foto a Sergio! —chilla Vero, al ver a su hermano adherido a las rocas como un lunático—. ¡Míralo! ¡Miradlo todos!

  —Hay que joderse… —protesta Ulises, buscando la complicidad de Oriol—. Lo complicado que puede llegar a ser sacar una foto. Con lo fácil que parece hacerlo rápido y bien, pagar los tres peajes, llegar hasta aquí, ponerse, sonreír un poquito y, clic, ya está. Pues no, Oriol, ya lo estás viendo. Nosotros aunamos nuestros esfuerzos hasta conseguir que hacer la dichosa foto se convierta en toda una odisea. Invítame a uno de ésos, anda.

  Algo confuso y con mucha cautela para no perder el equilibrio, Oriol se acerca extendiendo el brazo con el paquete de cigarrillos. Pero patina y Ulises, que es dos cabezas más bajo y flaco como un junco, le sujeta firmemente con una mano, sin soltar la cámara con la otra.

  —Mira esto, tío, es una virguería —le informa—. Puede almacenar más de quinientas fotos y grabar vídeos de hasta veinte minutos. Mira, mira…

  Con verdadero entusiasmo, Ulises enfoca el panorama con su cámara y Oriol observa ensimismado la imagen reproducida en la pantalla, tan menuda y tan nítida. Ve, con más claridad y fuerza que en la imagen al natural, a Sergio escudriñando el interior de las rocas, a Vero y a Paula lanzando inquietas miraditas, cuchicheando y riendo sin parar, a las mujeres adultas que también parecen conspirar alrededor del bebé sobrealimentado y a los turistas que a todo esto van llegando y se hacen sus propias fotos en las fuentes del Llobregat, con los Fernández Gaitán de fondo. Ulises les mira mal a todos.

  —Voy a tener frío —anuncia doña Amparo. E inesperadamente propone—: ¡Hagamos esa foto de una vez!

  Ulises sonríe y tira el cigarrillo al agua:

  —Ésa es mi suegra.

  —Si colaboramos todos acabaremos antes —sugiere Raquel, y todos aprueban con resignación.

  —Pero ¿de dónde sale el agua? —insiste Sergio, al que nadie hace caso—. ¿Y adónde va?

  —Pregúntaselo a tu hermana —le dice su padre.

  —Se lo acabo de preguntar, ¿y sabes qué me han dicho? Me han dicho: Cállate, enano de mierda.

  —¡Eso no es verdad! —grita Vero, asustando a la amiga que lleva colgada del brazo.

  —Pues si no es verdad, dile dónde desemboca el río —la reta Ulises.

  —Y yo qué sé.

  —¿Cómo que no lo sabes? —se escandaliza el padre—. ¿No sabes dónde desemboca el Llobregat?

  —No, si ahora va a resultar que es algo muy importante… —murmura Vero.

  —No puedo creerlo —le dice Ulises a Raquel—. Dime que me están tomando el pelo.

  —Pues claro —salta Paula.

  —No lo saben… —dice Sergio—. ¡No saben nada!

  —¡Cállate, enano de mierda!

  —¡Desemboca en el Mediterráneo! —chilla Paula.

  —Bueno, basta ya —media Raquel, y toma las riendas de la situación—: Vosotras dos, soltaos, no sea que resbaléis ahí. Sergio, ven aquí y ponte a mi lado. Y tú, date un poco más de garbo, Oriol. ¡Vamos, ánimo, cuanto antes la hagamos antes acabamos!

  Se empieza a caldear el ambiente y, con algunas dificultades, el grupo está alcanzando la unión en el núcleo, mientras Ulises se decide por el mejor ángulo donde dejar apoyada la cámara, que se disparará de forma automática en cuestión de segundos.

  —Mamá, la Vero y su amiga me han vuelto a llamar enano de mierda —se chiva Sergio en cuanto alcanza el grupo.

  —Uliseees —le dice Raquel a su marido.

  —Verooo —le dice éste a la hija.

  —¿Y ya está? —se pregunta Sergio, decepcionado—. ¿Eso es todo?

  —¡¡¡Está bien, venga, coño, poneos aquí he dicho!!! —se harta Raquel, y bate palmas hasta que todos se acaban de colocar en su sitio.

  —Le doy, ¿eh? ¡Listooos! —grita Ulises al grupo, que se ha unido torpemente y posa muy desganado. Para dar un poco de emoción al momento, antes de apretar el botón advierte—: Camaradas, sólo tenemos ocho segundos, así que vamos allá.

  Todo son caras largas mirando cómo Ulises se acerca veloz pero con cuidado, cómico de no haberse puesto tan pesado, y cómo resbala en seguida y cae de culo con la espalda bien recta.

  —Mierda —se queja.

  Clic. De forma más o menos encubierta, todos menos el bebé se ríen de él. Pero a Ulises no le importa, rápidamente se levanta y ya aprieta de nuevo los botones tratando de borrar la foto fallida y preparar la siguiente. Raquel tiene la intención de preguntarle si se ha hecho daño, pero prefiere esperar a que se le pase la risa floja, a ella y a su hermana, a la que intuye al lado aguantándose la carcajada.

  —Bueno, ¿y ahora qué pasa? —pregunta Paula.

  —Que no da con la tecla —responde Vero.

  —Ya tengo frío —dice doña Amparo.

  —¿Te has hecho daño, cariño? —se anima Raquel. Y acto seguido María y ella se doblan hacia delante de la risa, pero Ulises no se da por enterado, tan concentrado está en programar de nuevo el disparador automático. Da tiempo a que Oriol ponga su enorme chaqueta sobre los hombros de su suegra, y a que se fragüe una crisis repentina entre las adolescentes.

  —Tu padre es un coñazo… —ha dicho Paula.

  —Oye, guapa, un coñazo lo será el tuyo —se ha cabreado Vero.

  —¡Pero si tú misma lo dices muchas veces!

  Vero se ha ofendido y Paula acaba de aprender una lección útil: sólo la familia tiene autoridad para criticar a la familia.

  —¡Compañeros, ya todos firmes ahí! ¡Y a ser posible sonriendo!

  Ulises se une al grupo y todos miran el pequeño aparato que reluce sobre la roca, y esperan; en el aburrimiento unos, en la hilaridad o en el estupor los otros, todos esperan la señal que inmortalice la excursión y anuncie el ansiado regreso. Pero nada ocurre. Las primeras en reaccionar y romper la pose forzada son las hermanas Gaitán, Raquel y María, sucumbiendo de nuevo a un ataque de risa.

  —Dejarlas… —dice Ulises con cierto misterio, aunque nadie se ha movido ni pronunciado—. Dejarlas que se diviertan…

  —La abuela tiene un tábano en la cabeza —anuncia Sergio.

  De pronto las adolescentes empiezan a gritar y a agitar los brazos. La histeria las une de nuevo y se abrazan con fuerza.

  —Pero ¿qué pasa? —se alarma Oriol.

  Los turistas que se alejan por el sendero se detienen para ver qué es lo que pasa.

  —Dejad de chillar —gruñe María, que ha dejado de reírse—. Me vais a despertar al niño…

  —Estamos dando la nota —se avergüenza doña Amparo.

  Ulises ya está de nuevo junto a la cámara, manipulándola muy ceñudo.

  —¡¡¡Que nadie se mueva!!! —vocifera—. ¡Y todo dios sonriendo!

  —Ahora sí, ¡venga! —colabora Raquel—. Agáchate un poco, Oriol, y tú, Sergio, ¿se puede saber qué estás mirando?

  —La roca…

  —¡Nooo, aún no! —gritan Vero y Paula. Con la amenaza del tábano han perdido la concentración, y los flequillos no están en su sitio.

  —Dios santo…—suspira doña Amparo.

  Pero Ulises ya ha empezado la cuenta atrás, y camina hacia la frontal del grupo a grandes y lentas zancadas:

  —Ocho, siete, seis…

  —Os lo dije: regalarle la cámara digital no era una buena idea, está totalmente insoportable —le susurra doña Amparo a su hija mayor.

  —Ya, mamá —reconoce Raquel—. Pero se la iba a comprar igualmente, si se compra todo lo que sale. Ya se le pasará.

  —… cinco, cuatro, tres…

  —Lo siento, cariño —le dice María a su marido.

  —No, si no pasa nada, sólo es una foto —dice el bueno de Oriol, y se queda quieto mientras su mujer se chupa los dedos y le peina las cejas.

  —… dos, uno…

  Ulises entra en cuadro a tiempo. Al agacharse para ponerse en cuclillas junto a su suegra, le petan las rodillas.

  —… ay, ¡cero!

  Clic.

Serigrafía
Sergio Sanz

Serigrafía de Sergio Sanz correspondiente a la imagen de portada de Eñe 23 | De risa. Clásicos del humor. Tres tintas sobre papel de grabado de 250 gramos. Tamaño: 30 x 45 cm.



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