Madrid, 20 de febrero, martes
Valerie abre los ojos como doblones y sale corriendo. No es la primera vez que produzco esa reacción.
Casi puedo ver la nube de polvo que produjo al partir, como en un episodio del Correcaminos. Al oír sus gritos comprendo que le han robado: la cartera que había dejado a sus pies desapareció antes que ella. Abandono el bar del hotel, decidido a ayudarla. Afuera un gnomo de acento latino jura haber visto al ladrón. Dice que se fue bajando la calle. Pero Valerie no le cree, está convencida de que el ladrón se fue para el otro lado. Me lanzo a la carrera hacia donde ella indica, como si supiese lo que hago. Un minuto después detengo a un hombre desconocido. También tiene aspecto latinoamericano. (Es moreno como yo.) Le explico la razón de mi asalto mientras siento el látigo de la culpa: me pregunto si lo elegimos como sospechoso por portación de cara, nomás. Que dicho sea de paso, ostenta una cicatriz digna de Scarface.
Enseguida llega la policía. Scarface no tiene encima nada que lo incrimine. Al instante aparecen unas mujeres con la cartera de Valerie. La encontraron en plena calle, unos metros más adelante. Valerie se asegura de que esté todo: la billetera, el pasaporte de USA. Mientras tanto reconstruyo el hecho en mi cabeza. Scarface entró al bar y montó el numerito mientras simulaba hablar por su móvil: robó la cartera escondiéndola detrás de su maletín, se la dio a un tercer hombre al salir y se marchó tan campante, dejando al gnomo (el segundo hombre) para distraernos. Ingenioso. Pero insuficiente. Si al ingenio Scarface le hubiese agregado pasión, me habría atacado cuando le corté el paso.
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