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Número 12. Invierno 2007
Pedra
Alejandro Zambra

Traje al gato para que tengas algo aquí, le dijo al niño, repitiendo, con torpeza, una frase del sicólogo. Fue una buena idea, en todo caso: del mismo modo que alguien rompe a llorar, Lucas rompió a reír y abrazó a Daniel con genuina alegría. En casa de su madre –“mi verdadera casa”, decía el niño– había un pequeño antejardín donde un gato o un perro vivirían felices, pero Claudia era, en este punto, inflexible: un perro no, un gato no. Desde ahora, semana por medio, el niño pasaría un par de días con su padre y con el gato. Al gato lo llamaron Pedro y luego, cuando descubrieron que en realidad era gata y estaba embarazada, Pedra.

Lo de verdadero o falso venía del colegio, de esos ejercicios que a Luc-as le gustaban mucho. No era un buen estudiante, pero en los exámenes de ve-rdadero o falso le iba bien, por lo que desde hacía un tiempo parecía obsesion-ado con calificar las cosas, a veces de forma muy caprichosa. La casa de su madre era, naturalmente, su casa verdadera, pero por algún dudoso motivo ju-zgaba que el living de esa misma casa era falso. Los sillones del living, en c-ambio, eran verdaderos, pero la puerta era falsa y todas las lámparas eran fals-as. La falsedad, sin embargo, no significaba menosprecio: los pocos días que pasaba con su padre en la casa falsa consistían en una envidiable maratón de nintendo y pizza y papas fritas. Lo falso no era, necesariamente, malo. Era falso, simplemente.

Daniel vivía en el piso once de un edificio en que no se permitía tener mascotas. Pero Pedra era discreta: pasaba las horas lamiendo sus relucientes patas negras y mirando la calle desde ese balcón un poco sucio. De momento no parecía necesitar más que agua y un puñado de whiskas. A Daniel no le agradaban los gatos, pero estaba dispuesto a hacer el esfuerzo. Un gato es bu-ena compañía, pensaba, confiando en la imagen abstracta de un hombre solo, aunque él no era exactamente un hombre solo, o sí lo era, pero la soledad no le parecía, en lo absoluto, inconveniente. Demasiada compañía había tenido durante los años de su matrimonio. Cuando dejó a su mujer, de hecho, fue por eso, por una necesidad de silencio. Me separé de mi mujer por motivos de silencio, diría Daniel, con cierta coquetería, si le preguntaran ahora, pero ya nadie le pregunta por qué terminó su matrimonio.

Pensaba decirle al niño que los gatos habían muerto al nacer. Iba a ahogarlos sin meditarlo mucho, como había escuchado que se hacía: arrojarlos al water, tirar la cadena y olvidar de inmediato esa agria escena secundaria. Pero tuvo la mala suerte de que nacieran justo un día en que el niño estaba en casa.


No sé si podamos quedárnoslos, Lucas, le dijo esa noche.

Claro que podemos, Daniel, respondió el niño, con un humor que al padre le pareció excesivo traicionar.
Hubo llamadas telefónicas y mails colectivos buscando dueños para los gatos, y hasta una áspera discusión en que Daniel intentó convencer a su ex esposa de que, por culpa de alguna cláusula imprecisable, era ella quien debía hacerse cargo de las crías. Entretanto los gatos abrieron los ojos y comenzaron a arrastrarse penosamente por el living. Eran cinco, dos negros, dos grises y uno casi enteramente blanco. Para no repetir el error de Pedro, de Pedra, Lucas decidió no ponerles nombres. Ahora lo único que quería era ir con mayor frecuencia a la casa de su padre, lo que constituía, a la vez, un triunfo y una contrariedad. La estrategia de Daniel había sido completamente exitosa, acaso demasiado exitosa.

Un jueves, de improviso, a las siete de la tarde, Lucas llegó, por primera vez, sin avisar. Cinco minutos más tarde apareció Claudia, jadeando tras subir los once pisos por la escalera. Odiaba los ascensores, odiaba que Daniel viviera en un piso once, y no sólo por la seguridad del niño o por su propia fobia, sino porque recordaba, con insistencia, la ya remota noche en que Daniel le había prometido que en la vida de ambos nunca habría ascensores, que siempre vivirían, como se dice, con los pies sobre la tierra.

Claudia se disculpó por la visita, andábamos por aquí, dijo, lo que era completamente inverosímil, pues vivían en el otro extremo de la ciudad.

Por un momento creí que el niño venía solo, dijo Daniel.

¿Cómo solo?

Solo.

¿Estás loco?

No.

En vez de discutir, como era la norma, rieron. Daniel puso el pan a tost-ar y preparó un café que bebieron en silencio mientras el niño repartía nacionalidades: el gato blanco o casi blanco era argentino, los gatos negros eran brasileños y los gatos grises eran chilenos.

Aquello fue un lapsus o una tregua, pues las visitas no continuaron. Gracias a los mails colectivos, en cambio, Daniel retomó el contacto con una antigua amiga que una noche llegó con la excusa de adoptar un gato. A la primera cerveza se acostaron y estuvo bien o más o menos bien, como dijo ella, a la mañana siguiente, con una liviandad que Daniel debería haber agradecido pero que inexplicablemente le pareció agresiva. Es muy raro lo que te pasó, agregó la mujer, que tenía la costumbre de cambiar de tema cada vez que encendía un cigarro: es rarísimo lo que te pasó, lo normal es que a los gatos los tomen por gatas y no al revés.

¿Cómo?

Eso, lo normal es que no les vean bien la verga. Tú le viste a Pedra una verga donde no la había, dijo la mujer, que no alcanzó a celebrar su chiste cuando ya tenía otro: ella se llama Pedra y tú te llamas Padre.


Daniel rió a destiempo las dos bromas. Antes de irse la mujer aseguró que más tarde pasaría por el gato, por lo que, en un arranque de optimismo, Daniel creyó que la escena se repetiría una y otra vez: cada tarde su amiga vendría por un gato y se marcharía de madrugada. Pero no fue así, para nada. Nunca regresó ni llamó ni escribió.


Durante las semanas siguientes, Daniel consiguió la adhesión de los vecinos. Corría el rumor de que tenía gatos, por lo que había comenzado una tibia fiscalización de la que él no tenía cómo defenderse. Sobornó a los conserjes con oportunas botellas de Gato Negro y gastó varios whiskies neutralizando a los vecinos del fondo, un catalán que decía ser dramaturgo y su esposa que decía ser la esposa de un dramaturgo catalán. El país nos gusta y el barrio es muy limpio, dijeron la primera noche, casi al unísono, como si compitieran en uno de esos concursos que miden la armonía matrimonial. Habían venido a Chile buscando soledad e inspiración, explicaron. Daniel ya tenía soledad y nunca había necesitado inspiración, pero al escucharlos hablar con tanto énfasis pensó que quizás era eso, justamente, lo que le hacía falta: inspiración. Su trabajo, sin embargo, era muy simple, casi mecánico: un abogado no necesita inspiración, sino inteligencia o a lo sumo imaginación, imaginación práctica, nada más, se dijo, como resolviendo para siempre un problema inmenso. Yo sólo busco inspiración cuando me corro la paja, pensó más tarde, ya en la cama, evocando la felicidad de una mesa repleta de buenos amigos que celebrarían esa frase, y enseguida empezó a masturbarse inspirándose, primero, en la esposa del dramaturgo, y después en Claudia, y finalmente en la amiga ésa que nunca regresó. Se masturbó con prisa, con avidez, pero el semen no salía. No salió. Le costó convencerse de que debía dormirse sin más, con la erección encima y medio borracho todavía.


Al día siguiente le correspondía traer a Lucas pero despertó muy tarde y llamó pretextando dolor de cabeza. Iría a buscarlo a las cinco, le prometió. También le prometió que prepararían sushi, aprendí a hacer sushi, le dijo, y era mentira pero a Daniel le gustaba lanzar, como si nada, esas mentiras, para obligarse a transformarlas en realidad. Tras media hora en internet ya sabía qué comprar en el supermercado. Regresó, además, con un paquete grande de whiskas y botellas de cocacola, fanta y sprite, pues nunca conseguía recordar cuál era la bebida preferida de su hijo.


A estos gatos les hace falta un padre, le dijo Lucas esa noche, mientras luchaba obstinadamente contra un desastroso roll.

Los gatos no tienen padre, respondió Daniel, vacilante. Cuando están en celo las gatas se meten con cualquiera, los gatitos no siempre son hermanos entre sí.

¿Cómo?

Eso, que no son hermanos, necesariamente. Por eso tienen distintos col-ores. Lo más probable es que la Pedra se haya metido con tres gatos: un gato gris, uno blanco y uno negro como ella.

No me importa, dijo Lucas, que daba muestras de haber pensado en el asunto. No me importa, creo que de todas maneras a estos gatos les hace falta un padre.

Ya son muchos gatos, Lucas, y además los gatos se comportan de forma distinta a los humanos. Los gatos padres se desentienden de sus hijos, dijo Daniel, temiendo una respuesta ácida que sin embargo no llegó. Incluso las madres, siguió, con fallida cautela: En un tiempo más es probable que la Pedra no reconozca a sus hijos.

Eso sí que no lo creo, dijo el niño, asombrado. Es imposible.

Ya verás. Ahora los busca, los lleva en el hocico, los junta, maúlla desesperada cuando no los encuentra. Pero pronto los olvidará. Así son los animales.

Parece que sabes mucho de animales, dijo Lucas, en un tono que Daniel no supo si considerar irónico o cándido. Estaban en la pieza, mirando un lentísimo partido de fútbol mexicano, a punto de dormir. Daniel fue a la cocina a buscar un vaso de agua y a su regreso el niño había cerrado los ojos y murmuraba una especie de letanía. Pensó que Lucas tenía una pesadilla y lo zamarreó levemente, despertándolo o creyendo despertarlo.

No estaba dormido, papá, estaba rezando.

¿Rezando? ¿Y desde cuándo rezas?

Desde el lunes. El lunes me enseñaron a rezar.

¿Quién?

Mi mamá.

¿Y desde cuándo ella reza?

Ella no reza. Pero me enseñó a rezar y a mí me gusta.


Durmieron, como siempre, juntos. Aquella noche tembló y la gata maulló largo, pero Daniel y Lucas no despertaron. Aquella noche sonó, a lo lejos, el estruendo de un choque, y los ecos más cercanos de los vecinos que discutían o conversaban o tal vez ensayaban un parlamento en que dos personas discutían o conversaban.

Pero durmieron bien y desayunaron aún mejor. Sobre lo que me contaste ayer, papá, le dijo Lucas, estoy seguro de que los hijos de Pedra son verdaderos.

Sin duda son verdaderos, son completamente verdaderos, Lucas, de eso debes estar seguro. Una amiga me dijo, hace poco, que había sido extraña nuestra confusión. Lo normal, según mi amiga, es confundir a las gatas con gatos, no a los gatos con gatas.

No entiendo, dijo el niño.

Yo tampoco entiendo mucho, es enredado. Olvídalo.

¿A tu amiga?

Sí, a mi amiga, dijo Daniel, fastidiado.


Aquella tarde se perdió el gatito blanco, el argentino. Daniel, Lucas y Pedra lo buscaron sin pausa, durante casi dos horas, pero no apareció. No había manera de que hubiera saltado o salido, por lo que Daniel tuvo que habituarse a un ritmo, por así decirlo, más delicado. Al llegar del trabajo circulaba sigilosamente por las habitaciones, caminaba, siempre, descalzo, casi en puntillas, y ponía especial cuidado al sentarse o recostarse. Una mañana, a casi un mes de la desaparición, vio que el gatito blanco dormía apaciblemente junto a su madre. Había regresado no se sabía de dónde y ocupaba su lugar con una naturalidad que a Daniel le resultó enojosa. Su hijo se alegró, por teléfono, con la noticia, pero sin la euforia ni los gritos que su padre ya había aprendido a controlar alejando un poco el auricular. ¿Por qué hablas tan bajo?, le preguntó. No quiero despertarlos, respondió el niño, siempre en un susurro.


¿A quiénes?

A los gatos.

Los gatos no están durmiendo, dijo Daniel, con un poco de rabia. Así que puedes hablar fuerte nomás.

No me mientas, papá, yo sé que están durmiendo.

No es verdad. Y aunque estuvieran durmiendo y gritaras por el teléfono no los despertarías, eso tú lo sabes.

Sí, lo sé. Tengo que cortar.


Era la primera vez que su hijo le cortaba el teléfono. Llamó al celular de Claudia y Claudia se mostró cordial, mucho más cordial que de costumbre. No había nada raro, pensó Daniel, resignado, promediando la conversación. Pero de pronto, como improvisando un pensamiento que lo mismo parecía una decisión
largamente meditada, Claudia le dijo que quizás era mejor que los gatos vivieran con ella.


Pero a ti no te gustan los gatos. Les tienes fobia, le dijo.

No, no les tengo fobia. Tengo fobia a los ascensores y a las arañas, pero no a los gatos.

Pero nunca habías querido tener uno.

Ahora sí, es que Lucas me habla mucho de ellos. Me gustaría que vivieran con nosotros. Y luego regalarlos, de a poco, quedarnos sólo con Pedra. Ya hablé con algunas amigas que estarían encantadas de tener un gato.


Durante las semanas siguientes, Claudia y Daniel discutieron como nunca. Ni siquiera en los días previos a la separación se habían enfrentado de esa manera. Un inexplicable giro retórico había invertido las cosas: ni el mejor abogado del mundo –y Daniel no era, ciertamente, el mejor abogado del mundo– podía arrebatarle a Claudia el privilegio de decidir sobre la vida de esos gatos. La negociación fue larga y errática, pues a Daniel no le desagradaba la idea de prescindir, para siempre, de los gatos, pero tampoco quería que el niño supiera que había aceptado de buena gana. No los quería, realmente, salvo, tal vez, a Pedra. Hizo todo lo posible para quedarse con Pedra. Dijo por lo menos treinta veces puedes quedarte con sus hijos pero Pedra no se mueve de acá, y esas treinta veces tuvo que soportar argumentos razonables y peligrosos sobre los derechos de una madre. Puedes quedarte con la gatita blanca, si quieres, dijo Claudia. No sabemos si es gata o gato, dijo Daniel, por el puro placer de rectificarla. Lucas cree que es gata, respondió ella, pero de acuerdo, no es el tema. ¿Quieres o no quieres al gato o gata blanca? Daniel aceptó, finalmente. El día en que transportaron a los gatos a la casa verdadera el niño estaba feliz. Le dio las gracias a su padre muchas veces, como respondiendo a una imperiosa orden de Claudia.


Daniel aún no decide qué nombre ponerle al gato blanco. Le dice argentino o argentina indistintamente. Es silencioso, pero no entiende la lectura: cada vez que Daniel se echa a leer el gato se interpone entre la página y los ojos, arañándole el suéter, concentradísimo. He tenido que acostumbrarme a leer de pie, dice Daniel, vaso en mano, a sus vecinos, que han venido a despedirse, pues pronto volverán a Barcelona. Debe haber sido muy difícil para ti perder a los gatitos, dice el dramaturgo. No tanto, responde Daniel. Más difícil debe ser escribir obras de teatro, añade, complaciente, pero el comentario es, por algún motivo, inapropiado, y el dramaturgo y su mujer fijan la vista en el suelo, acaso en un mismo punto del suelo. ¿Dije algo malo?, pregunta. Lo que pasa es que Joan no ha podido escribir, no ha encontrado inspiración, dice la mujer, como si fuera la encargada de responder las preguntas difíciles. A Daniel le parece grotesca la escena, o al menos vergonzosa. ¿Y sobre qué querías escribir?, pregunta, presintiendo, con exactitud, que ella seguirá interpretando la desazón de su marido.
No lo sabe. No sabe el tema, dice.

¿Cuántas páginas escribiste desde que estás en Santiago?

Muchas, casi doscientas, pero nada de eso servía, responde la mujer.

¿Y cómo sabes que nada de eso servía?

No lo sé, pregúntale a él.

Le estoy preguntando a él. Todas las preguntas que he hecho se las he formulado a él. No sé por qué las contestaste tú.


El dramaturgo sigue apesadumbrado. La mujer le acaricia el pelo, le susurra algo en catalán, y enseguida, sin mirar a Daniel, salen de la casa. Están tristes y ofendidos, pero a Daniel no le importa. Se siente, por algún motivo, furioso. Sigue bebiendo whisky hasta la madrugada, en compañía del gato argentino, que de vez en cuando sube, compasivo, a su regazo. Daniel lo mira y encuentra un nombre, el nombre preciso para el gato o la gata, un nombre que ya no depende de si es gato o gata, pero inmediatamente, borracho, lo olvida. ¿Cómo es posible olvidar, con tanta rapidez, un nombre?, piensa. Y ya no piensa nada más, pues se desploma en la alfombra y no despierta sino hasta la noche siguiente. Descubre, en el despunte de la resaca, que ha faltado al trabajo, que ha desoído diez o quince llamadas telefónicas, que no ha visto en todo el día el correo electrónico. El gato ha dormido a su lado, ronroneando. Daniel intenta ver si tiene o no tiene verga. No hay nada, dice en voz alta. Parece que es gata. Eres gata, le dice, solemnemente.


Se levanta, prepara un alka seltzer y lo bebe sin esperar a que la tableta se disuelva del todo. La gata lo sigue a la cocina y a la pieza y al baño. Mientras él se ducha ella juega a pillar la sombra en la cortina transparente. Suena el teléfono, es el dramaturgo que quiere disculparse por lo de anoche invitándolo a cenar. En Chile no cenamos, en Chile comemos, responde. Y no quiero cenar ni comer. Quiero masturbarme, dice, forzando un imperfecto tono grosero. Pues mastúrbate, hombre, te esperamos, dice el dramaturgo, en medio de una carcajada. No voy a ir, responde Daniel, con gravedad. No estoy solo.


Ya es casi medianoche. La gata duerme sobre el teclado del computador.

Daniel se mira en el espejo del baño tal vez buscando invisibles rasguños o moretones. Enseguida se acuesta y se masturba sin pensar en nadie, mecánicamente. Esparce el semen por la sábana largo rato mientras se queda dormido.

Serigrafía
Javier de Juan
Con cada número de Eñe se realiza una serie de 50 serigrafías (numeradas y firmadas) de la obra que el autor ha creado para la portada de la revista. Javier de Juan ilustró nuestros Animales de compañía con esta serigrafía.

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