Moscú. Maskva. La ciudad helada que nos recibió, a regañadientes, en el otoño del ochenta y nueve. La gente ocupada en sí misma, el periódico Pravda que por fin comenzaba a contar la verdad: para ellos, los tres estudiantes cubanos que arribamos a iniciar estudios de Arte Dramático apenas existimos.
Ésa fue nuestra suerte y nuestro capital. Tanto no existíamos, que no molestábamos, no ocupábamos espacio alguno, y nos dejaban ser y hacer, porque nos ignoraban.
Allí estábamos, ese siete de noviembre, en medio de la nieve de la Plaza Roja, tiritando bajo nuestros grises paltós, tratando de parecer alegres en la foto que nos íbamos a tomar. El Mausoleo de Lenin al fondo del encuadre y, al otro lado de la cámara, Masha, empeñada en que ése fuera un día muy feliz.
Llevábamos una semana en la ciudad, tras un año desperdiciado en La Habana en el aprendizaje de un idioma del cual nunca llegamos a servirnos ni bien ni mal.
La noche anterior, en la segunda botella de vodka sin naranja, decidimos renunciar. Éramos los bichos raros del Instituto de Arte de Moscú. [...]La casa de fuego, obra de Alberto Corazón para la portada de Eñe 24 | Cosecha Eñe 2010. Serigrafía: edición impresa a ocho tintas y en papel traslúcido siliconado —de 50 gramos y 33 x 48 cm— en el Taller Manuel Gordillo.