Enseguida desechó la idea.
Una cosa es que no hubiese dormido bien durante las últimas semanas, y otra, muy distinta, que el insomnio estuviese relacionado con la decisión de no tener niños. El mundo estaba demasiado revuelto, demasiado poblado para pensar en criar más bebés.
Además, un hijo era algo que no podían permitirse.
Su mujer y él estaban completamente de acuerdo en este punto.
Las líneas anaranjadas que atravesaban la persiana anunciaban el final de la última tarde de marzo. En el dormitorio, el cenicero y las sábanas eran los únicos elementos desordenados. El resto de los enseres mantenía la rigurosa disposición que su mujer había establecido desde la última vez que cambió la decoración de la casa. Un orden que a él le resultaba un tanto turbador, como si se le estuviese poniendo a prueba cada vez que tocaba un objeto.
Sin duda, ese sentimiento inquietante no podía achacarse a su esposa.
Clara era una mujer encantadora, además de sensata. No se le ocurriría discutir por que él cambiara un mueble de sitio. Durante sus siete años de matrimonio, nunca se habían levantado la voz.
Se incorporó un poco para dar una última calada al cigarrillo. Después de expulsar el humo, lo aplastó en el platillo que reposaba sobre su barriga. Sintió una punzada de calor y dejó el cenicero en la mesilla de noche. Desnudo de cintura para arriba, echó un vistazo a su alrededor. Un diminuto cilindro de ceniza se había deslizado entre las sábanas. Se levantó de la cama y sacudió la tela. A continuación, inspeccionó la sábana de abajo minuciosamente.
Al descubrir un ligero borrón grisáceo chasqueó la lengua.
Lo más probable era que su mujer lo descubriese.
Dio unos pasos por el dormitorio. Tenía la boca seca y una sensación de malestar semejante a la que sobreviene tras una noche de juerga. La idea le hizo sacudir la cabeza. Desde que se casó, sus amigos de jarana habían desaparecido de forma misteriosa.
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