A Eduardo Becerra
Realmente no le había ido mal con la última novela, no señor, se dijo Costas dándole un primer y refrescante sorbo a su dry martini, acodado en la barra del bar, escuchando la versión ligera de la Garota de Ipanema que interpretaba un músico al piano. La novela aún no vendía como la anterior, era cierto, pero todo se andaría, de eso estaba seguro. Y así se lo confió por teléfono nada más llegar al hotel al bueno de Paco García Luna, porque no se le ocurría con quién compartir, aunque fuera verbalmente, la maravilla de esas vistas, la dulzura del clima al que había escapado, lo bien que iban sus asuntos: hablaron de esto y de lo otro, y finalmente García Luna le comentó algo de la novela, como quien no quiere la cosa.
Costas esperó un poco antes de contestar, relamiéndose de gusto con la respuesta que, al cabo, le dio: «Verás qué bien se vende, Paco, ya verás». «¿Igual que El enigma carmelita?», preguntó el otro con su guasón acento canario. «Igualín, igualín», dijo Costas y colgó. Se tumbó un momento en la cama con los oídos zumbándole suavemente, seguro que a causa del jet lag, se dio una ducha larga, se puso una camisa de lino y recién entonces bajó al bar, como atraído por una estela de la melodía que interpretaba un músico en el piano del hotel: Garota de Ipanema, cómo no…
[...]Obra de Valerio Adami para la portada de Eñe 25 | Por favor, un gin tonic. Historias de bares. Serie de 100 serigrafías de 35 x 50 cm, numeradas y firmadas, e impresas a dieciséis tintas sobre papel Fabriano Tiepolo de 285 gramos.