Compré un piso. Un piso que da al mar, al muelle de Foz. Fui al notario yo sola. Llegaron los vendedores a la hora acordada. Ramón, de mi edad, y Poroto, de la quinta de mi padre. Poroto tiene unos ojos pequeños como alfileres brillando en medio de un rostro lleno de arrugas, la cara de un hombre listo, de albañil que progresó y se hizo constructor. Cuando yo aún vivía en Foz, Poroto era nuestro vecino, o nosotros vecinos suyos. Entonces Poroto era joven, no tenía las arrugas que tiene ahora, aún no era un hombre de negocios, no se había muerto su padre, el Poroto viejo, marinero como mi abuelo, como todos los viejos de Foz. Poroto entonces era el hijo de Poroto. Mi madre lo veía trajinar por detrás, en la era común donde se juntaban las casas baratas antiguas que ellos ocupaban y las nuevas que ocupábamos nosotros, y decía: “ese hijo de Poroto muy trabajador es”. Mi madre decía: “trabajador es su padre, y su madre lista como los ajos”. Mi madre decía muchas cosas desde su terraza de tender la ropa, le tenía hecha una hagiografía a Poroto sin que él lo supiera, de quién le venía la listeza y de quién el empeño del trabajo. Como ella no era de Foz sino de la parroquia de Fazouro, le gustaba decir que los de Foz eran bastante holgazanes. Cuando veía a uno de Foz trabajando se quedaba sorprendida y ponía cara de darle al césar lo que es del césar. Claro que los Porotos también eran de Fazouro, o de Ferreira, ahora no me acuerdo. Debían de ser de fuera, porque cuando mi madre se quiso deshacer de mi perro, de mi Toxo, se lo dio al Poroto viejo porque tenía una finca en Fazouro o Ferreira, no lo sé.
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