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Número 26. Verano 2011
Amor e higiene en la Pensión Tristante
Carlos Salem

En los doce años que llevaba viviendo en la Pensión Tristante, a Sotanovsky siempre le ocurría lo mismo cuando decidía tomar una ducha. Pese a que el establecimiento (sito en la intersección de las calles Juan Ramón Biedma y Pedro de Paz, ambas sin asfaltar) era el más barato de la ciudad, los ingresos de Sotanovsky nunca le permitieron aspirar a una habitación con baño privado. Y aunque disponía de un excusado compartido en la quinta planta, para las tareas relacionadas con la higiene debía subir hasta la azotea, que solo albergaba un cuarto de ducha en un extremo y la habitación 91 en el otro.

Y cada vez que decidía tomar una ducha, le ocurría lo mismo.

Encendía el calentador, se quemaba el dedo índice de la mano derecha con el mechero, insultaba a la madre que parió al inventor del artefacto y luego recordaba que no había traído consigo la llave del cuarto de la ducha. Y siempre le asaltaba la sospecha de que estos olvidos fueran jugadas del subconsciente para forzarlo a entablar conversación con la ocupante de la 91, una rubia de aspecto sensual cuyas curvas provocaban en Sotanovsky un curioso tartamudeo acompañado de un tic en la cintura que lo llevaba a impulsar la pelvis hacia delante y hacia atrás, en tanto sus manos temblaban como las de un decadente bailarín de charlestón.

Siempre le ocurría lo mismo cuando decidía tomar una ducha. Porque una extraña costumbre adquirida en la niñez lo llevaba a realizar el intento de noche, como lo había hecho desde que contaba con diez años. Y como vestía la misma bata que entonces, Sotanovsky creía que resultaría poco formal presentarse en casa de su vecina ataviado de esa guisa. Pero acababa llamando a su puerta a las 23.45 de la noche, con una bata que parecía una minifalda indecente y las partes pudendas recibiendo las corrientes de aire debajo de la ya gastada tela de toalla. La puerta se abría y detrás de la luz sugestiva brotaba ella, desvestida con un camisón cuyo color no alcanzaba a definir debido a su total transparencia, que dejaba al descubierto, al mismo tiempo, los encantos de la tentadora vecina, y las vergüenzas de Sotanovsky, que se erguían bajo la sufrida tela de toalla, hasta formar una suerte de repisa irregular sobre la que él apoyaba el pequeño jarrón de cerámica repleto de violetas que llevaba consigo a la azotea cada vez que decidía tomar una ducha.

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