El negocio del señor TrapaniA mí nunca me gustaron los animales, pero todos en la ciudad quedaron encantados con el negocio del señor Trapani. Cuando abrió las puertas del local, las jaulas estaban vacías, y yo creo que fue a propósito, para crear intriga. Eran jaulas de cristal, casi invisibles. Lo primero que trajo fueron unos lobos enanos. A pesar de los dientes carniceros, a pesar de los ojos amarillos, los vendió todos en una semana. Mi primo fue uno de los compradores; cuande le dije que podían ser peligrosos, me respondió: “Parecen bravos, pero son mansitos. Las apariencias engañan”. No me convenció: los dueños de los perros siempre dicen eso, aunque el animal les haya arrancado las orejas.
Después Trapani trajo aquellos caballitos en miniatura, con el cuerno en la frente, que tanto le gustaban a las niñas. Los decoraban con cintas rosas y celestes. Yo me animé a acariciarle la cabeza a uno, para ver si el cuerno se le desprendía. No salió: o el pegamento era muy bueno, o se trataba de unicornios de verdad. Después ya fue el furor: todo lo que Trapani traía lo vendía en horas: los dragones, que echaban un humo azulado pero nunca fuego (según Trapani), las esfinges, que preferían sobre todo aquellos que vivían solos, el vistoso kraken, que la ciudad compró para animar un poco nuestro patético lago municipal. Trapani prometió unas sirenas, pero nunca llegaron. Creo recordar que el primer incidente lo protagonizó uno de los lobos; el segundo, el kraken, que comió, a la luz de la luna, tres botes, con sus corespondientes parejas de enamorados. En pocos días los accidentes con las mascotas acabaron con la población: los que no terminaron muertos se marcharon. Mi casa, un poco alejada, fue una de las pocas que se salvó de las llamas.
Por curiosidad entré en el negocio: quería saber cómo tomaba Trapani la catástrofe que nos rodeaba.
Cuando llegué, tenía su aspecto pulcro de siempre, y estaba desarmando las jaulas con un destornillador.
-Usted sabrá mucho de animales, pero no tiene óptica empresarial -le dije-. Ha acabado con la clientela. Ya no hay quien le compre un solo animal.
-Usted se equivoca, mi amigo –dijo el señor Trapani, un poco ofendido-. Yo no vendo animales. Yo vendo humanos. Se los vendo a los monstruos.
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