Como es sabido más allá de toda sospecha, los órganos auditivos del Gryllidae (grillo) se encuentran en sus patas delanteras, pero es el propósito de este artículo sugerir que, en el caso de un determinado grupo de grillos, esta maravilla morfológica podría también servir como órgano sensitivo para funciones aún más extraordinarias.
Puede ocurrir que caminando por el campo seamos ajenos al canto de millones de grillos y percibamos de pronto sólo uno. Este solista, cuyos acordes de violín se elevan tan cautivadoramente por encima del resto de la orquesta, es el Gryllus Domesticus, o grillo del hogar. Es el grillo de la chimenea, aunque su presencia ahí sea fugaz ya que pasa la mayor parte del tiempo, cuando se encuentra auditivamente residente, en las profundidades de las paredes del fogón. Es también, como muy pronto veremos, el grillo del reloj del abuelo y el grillo en el fondo de la chinela de seda azul de tu mujercita. Es inútil recogerlo e intentar colocarlo en césped, “donde corresponde”, porque no corresponde ahí en absoluto y volverá a entrar en casa en cuanto le demos la espalda. No debemos confundirlo con el Gryllus Campestris, el grillo de campo, que tiene su madriguera bajo la hierba y sólo se interesa ocasionalmente por las construcciones humanas. El grillo de campo es más grande, negro y brillante que su primo de la chimenea y parece más bien un Buick en estado de descomposición. Si quieres sacar a un Domesticus al exterior, deberías servirte de un pañuelo, porque podría morderte. El grillo doméstico es sociable, pero se ofende si te tomas demasiadas libertades. La casa es lo bastante grande para los dos; él se quedará en su sitio si tú te quedas en el tuyo.
A principios de septiembre de hace dos años, un Domesticus empezó a canturrear desde algún remoto escondrijo del fondo de la chimenea de mi casa de campo. Tomaba parte en las conversaciones de la sobremesa y nos acompañaba lujuriosamente en los conciertos para violín, grillo y orquesta que yo ponía en la vitriola. Parecía disfrutar con la particular cualidad de la voz humana cuando alguien leía en alto, pero sería probablemente mi imaginación la que supuso que el Domesticus ofrecía, mediante ocasionales largos silencios, una crítica adversa a esos programas de radio de media hora que resultan especialmente ruidosos.
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