Al principio el asunto tuvo su gracia, pero después ya no.
Rebeca y yo nos habíamos conocido en una fiesta de universitarios hace ahora bastantes años, a lo mejor cinco. Ella buscaba habitación y yo tenía una disponible en mi piso de alquiler. Estaba vacía, no había cama ni escritorio, ni mesilla de noche ni armario, pero con la ayuda de algunos amigos logramos amueblarla. Sucedió: después de la convivencia fue inevitable que acabáramos juntos y así terminamos compartiendo el secador de pelo, la pasta de dientes y, finalmente, la cama. Practicábamos el sexo todos los sábados y nuestra vida era ordenada. Entonces sobró la otra cama y Rebeca sugirió librarnos de ella. Creo que así empezó todo.
Como ya he dicho, al principio de nuestra relación había cierto orden en las cosas. Cada objeto de la casa ocupaba su lugar sin que ninguno de los dos pusiera en duda su utilidad, por mínima que fuese. Un frutero tenía su razón de ser. Las láminas de Schiele decoraban las paredes y no hacían daño a nadie, al contrario. Si en la repisa del baño había dos esponjas, rosa y azul, por ejemplo, era absurdo prescindir de una de ellas por capricho. Un almohadón no sobraba nunca en el sofá, más bien añadía a nuestro comedor alquilado su pequeña dosis de cómoda burguesía.
En aquellas fechas, Rebeca y yo viajábamos mucho, por espacio de un fin de semana o puede que más tiempo. Siempre de mochileros, durmiendo en albergues de estudiantes, alimentándonos de comida escasa y poco apetecible en los fast food para turistas. Fuimos a Londres y compramos dos jerséis idénticos en el mercadillo de Camden. En Copenhague, su ciudad natal, adquirimos un edredón de plumas de oca que jamás llegamos a estrenar. En Marsella, algo de jabón perfumado. De Bruselas nos trajimos una edición ilustrada de Las flores del mal, de Baudelaire.
Cuando regresábamos a nuestro piso compartido, las cosas nos recibían con un débil murmullo de bienvenida. Abríamos la puerta y de golpe en toda la casa se respiraba algo así como un tibio soplido liberado por el mobiliario y por todo lo que contenía. A mí me gustaba esa atmósfera apacible que nos abrazaba al llegar de nuestros viajes, en cambio Rebeca no soportaba el olor a cerrado, me acuerdo. Ahora mismo aún puedo verla durante una de esas noches en pleno mes de diciembre, atravesando el comedor para abrir las ventanas de par en par, obstinada en que el aire limpio de la calle —eso decía— se adueñase de los rincones, irrumpiera con violencia por el pasillo y fuera ocupando ese otro aire que se había fraguado lentamente en nuestra ausencia. Rebeca, belleza nórdica, vestida con una camisilla de tirantes y chanclas, corría de una habitación a otra asegurando las puertas con una cuña para que no se cerrasen. El viento sacudía las cortinas, la melena rubia de Rebeca se agitaba sobre sus hombros desnudos y yo trataba de cubrirme con mi abrigo, al que le faltaba un botón, vaya inconveniencia en una noche como aquella. En esos momentos era inútil razonar con ella, pedirle por favor que cerrase los cristales, impedir a toda costa que el gélido temblor de la calle naufragara en nuestra casa.
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