Si tuvieran la lucidez necesaria, contarían cinco campesinos enfadados junto al perro en el umbral de un bar de pueblo. Los campesinos son lo de menos, pero no hay duda de que esta estampa va a desencadenar una serie de hechos que prometen ser desagradables, aunque Abel haya experimentado un íntimo alivio al contemplarla.
Hace dos días que llegó a casa de Lali en el Empordà y, una curiosidad: acaba de tener un pensamiento idéntico al de la primera vez que vio al animal: “¿Qué le pasa a ese perro?”.
Hace dos días, Kaiser fue el primer ser vivo que Abel identificaba sobre los muchos metros de césped que rodean la casa. Lali habita una mansión de dos pisos en mitad de algo semejante a medio campo de fútbol matizado con, literalmente, cuatro árboles, piscina y una muralla de cipreses que protegen la finca de miradas extrañas. No hay timbre y, como los portones principales están siempre abiertos, hay que seguir treinta metros de senderito hasta el picaporte de la mansión. Ante la entrada franca, Abel supuso que el perro no mordería pero prefirió gritar el nombre de su anfitriona desde el límite de la finca. Kaiser se mantuvo erguido y quieto, las orejas también, hasta que Lali le recibió en delantal y le colmó de besos.
-Pasa, cariño. No te hará nada, le he dicho que hoy vendrías.
El perro le husmeó las pantorrillas desnudas. Hacía calor y cuando Abel está de vacaciones usa pantalón corto para convencerse de que lo está.
Diego, que había llegado la noche anterior, le dio un sorprendente abrazo porque si bien Lali le había hablado mucho y bien de él, no se habían visto nunca antes.
-Vaya, creí que exagerabas cuando hablabas de su fogosidad -dijo Abel, sonriendo por primera vez en los últimos tres meses.
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