Cuando abrimos la puerta de la casa, lo primero que notamos es que nos faltaba algo. Después, miramos a nuestro padre: metido dentro de sí mismo, se acunaba y destruía. Era un enfermo de malaria. Gris y verde. Parecía muy viejo, un hombre vicioso: nuestro padre que no tenía ningún vicio y siempre fue una persona buena y dulce. Un borracho parecía, con la boca como un garabato; alguien que ha perdido la cabeza y pasa sus últimas horas consumido por la fiebre.
Mi hermano y yo dejamos en el suelo las bolsas de la compra y enseguida nos pusimos a buscar a la perrita por los rincones de la casa. Corrimos los sillones tras los que solía esconderse. Pero la perrita no aparecía y el gesto agónico de nuestro padre era ya tan intenso que daba la impresión de que se le clavaba en la piel. De repente sus rasgos se relajaron para hablar:
-No la busquéis más. No está.
La cara de nuestro padre pasó de los pliegues de la angustia a esa laxitud que hace que los rostros se alisen como recubiertos por una capa de parafina. Tenía exactamente la misma expresión, neutral, de muñeco, una réplica de sí mismo, que cuando hacía ya unos cuantos años nos dio a mi hermano Rodrigo y a mí la noticia de que nunca más veríamos a alguien. Nosotros aceptamos sin rechistar sus informaciones porque pensamos que, al fin y al cabo, él era el más debilitado de los tres. En aquel momento mi hermano Rodrigo y yo decidimos facilitar la existencia a nuestro padre y en casa ya no se oyó nunca una mala contestación. Todo comenzó a funcionar perfectamente. Los horarios, la obligaciones, las salidas, la selección de las amistades, los estudios, la intendencia doméstica. Entonces le regalamos la perrita.
Con la misma expresión cerúlea que cuando las cosas habían cambiado sin vuelta atrás, nuestro padre nos decía ahora:
-No la busquéis más. Yo la he matado.
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