PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Número 10. Verano 2007
Trastorno de los nombres
Andrés Barba
Del perro se sabía que montaba a la perra en el parque siempre que podía. Un perro feo, con tres manchas grises en el lomo, que dormía junto al mercado, sobre el respiradero del metro. Los niños le llamaban Uva. La perra, mucho más misteriosa y también vagabunda, aparecía y desaparecía del barrio por temporadas como una criatura fantasmal. Los niños ni siquiera se molestaron en nombrarla, tal vez porque ni siquiera se trataba de la misma perra, sino de perras distintas, sustituibles, semejantes, que sencillamente pasaban por allí. Uva era sucio y triste, maniático como una persona desquiciada, pero pacífico a la vez. Pasaba la mayor parte del día en el mercado, comiendo sobras, yendo de un lado a otro, con una ociosidad plagada de pequeños quehaceres, como si a cada segundo hubiese olvidado una cosa que debía haber hecho en la otra parte del mercado y se dirigiera saltando pero sin correr, ágil y aburrido a un tiempo, a resolverla. Su rostro era tan familiar, como si hubieran cavado en él una cara conocida y luego hubiesen tratado de borrarla. Los niños a veces llegaban incluso a jugar con él, y le tiraban palos que, según el humor de la tarde, recogía o ignoraba olímpicamente. Así como no se ve el mundo por ser obvio, a veces no se veía a Uva por ser obvio. Formaba parte del barrio como una extensión móvil de la suciedad de la calle. Tal vez lavado y despulgado hubiese podido convertirse en un perro casi doméstico; una de esas razas cruzadas mil veces en las que se intuye vagamente la predominancia de un perro pastor. Tenía una mirada llorosa y un andar digno, y parecía gustarle especialmente tumbarse al sol, las patas ligeramente abiertas, a lamerse. Al hacerlo mostraba un pene rosado, en carne viva, demasiado grande tal vez, como si aquel tamaño y aquella forma fueran una especie de legado de su bastardía.

Se decía que Uva había pertenecido en su día a la dueña de un burdel,  que había sido utilizado en varias orgías, e incluso en películas pornográficas. Sobre el perro que se lamía se había desplegado toda una retahíla de suposiciones, más o menos genéricas, casi siempre disparatadas, que habían ido creciendo con los años. Su aire inofensivo, lejos de desmentir aquellas suposiciones, parecía subrayarlas de alguna manera; como si precisamente su ser cotidiano y gris las hiciera mucho más posibles y reales que si se hubiera tratado de un animal fantástico. Aquella fama, como la perra –o las perras, nadie fue nunca capaz de determinarlo- a la que montaba en el parque siempre que podía, iba y venía también por temporadas. Durante semanas, como si hubiese habido una secreta conjuración, se le nombraba y se inventaban nuevas historias sobre él, luego se le olvidaba de nuevo, y desaparecía, sin haberse alejado un milímetro de la mirada de todos. Y sin embargo había algo oscuro en Uva, algo que a pesar de su caminar pacífico y su mirada llorosa, ponía a todo el mundo levemente en alerta. Algo relacionado ineludiblemente con el deseo, con una fuerza sexual implacable, como si de cuando en cuando saltara a su alrededor una chispa violenta. La gente en el barrio se defendía invisiblemente de él, con gestos casi imperceptibles, para llegar luego a sus casas excitados sin saber por qué, relacionando vagamente su excitación con aquella presencia sucia de Uva. Saltaban a su alrededor pensamientos oscuros, deseos inconfesables. Los niños le espiaban cuando se tumbaba. Luego, al llegar a casa, todavía les quedaba en la memoria, como una quemadura de sol, el recuerdo del pene erecto del perro, lamido y relamido mil veces, brillante, barnizado, como un objeto de gran lujo.

La tarde del estallido de Uva no fue precedida por ninguna señal, ningún gesto. Y la perra de la que todos hablaron parecía borrada de la memoria fuera del acontecimiento que protagonizó. Lejos de ser una perra concreta, se había hecho de ella en la narración una especie de sustancia anónima, de gran feminidad perruna sin rasgos. El griterío comenzó junto a la tienda de variantes, y fue trasladándose luego, arremolinado, como un tornado, hacia la carnicería, para acabar junto a la tienda de flores. Uva saltó sobre una perra y comenzó a montarla. La dueña de la perra, que aún sostenía la correa, lanzó dos grititos agudos y trató de alejarse pero Uva se abalanzó  también sobre ella, mordiéndola en un tobillo, para volverse de nuevo sobre la perra, ahora suelta por los pasillos del mercado. De la escena escandalizaba, más que la agresividad de Uva, la neutralidad blanca, casi transparente de su violencia. El rostro de Uva había sido literalmente inundado. Asombraba de él su transparencia, por eso el espectáculo era duro, subyugante. Al cuerpo de uva, contorsionado y retorcido sobre la perra, parecían haberle cortado el rostro habitual, el hocico habitual; cada uno de sus rasgos era negación pura. A diferencia de su gesto cuando montaba a las perras en el parque éste de ahora parecía rendido, había sido ocupado por una fuerza mayor, absolutamente demoniaca, estaba fuera de sí.  No respondió a ninguno de los golpes. Con las patas delanteras había aprisionado a la perra. Obcecado por una sola misión parecía estar invocando ya sólo su propia muerte. Hicieron falta tres hombres para separarle de la perra. Luego llovieron sobre él algunas patadas, y golpes extremadamente violentos, pero Uva volvió a la carga, y mordiendo a la perra en el cuello comenzó a montarla de nuevo. Uno de los golpes le había reventado un ojo y había comenzado a sangrar profusamente, pero Uva ni siquiera parecía darle importancia. De la sustancia licuada de la vista se desprendía ahora una sustancia mucho más densa, como si la irracionalidad frenética del perro hubiese expandido por todo el mercado un olor fortísimo. Durante unos segundos se le dejó hacer. Pasmado, con el hocico cubierto de sangre, Uva retenía a la perra inmóvil. Su rostro era ya un rostro en la máscara. No es que el viejo perro estuviese bajo la máscara, no, el nuevo rostro era la máscara, como si hubiese encarnado un estado perpetuo, una sed irrefrenable, un ansia histérica. Enseguida volvieron a llover los golpes. Como si hubiera dos perros, el de los gemidos y el ocupado por la fuerza, que pugnaran dentro del mismo perro. Terminó y se deslizó suavemente hasta el suelo. La perra fue trotando hasta su dueña.

Uva apareció castrado a la mañana siguiente. Renqueante y pálido como una novia, casi desangrado, junto a los arbustos del parque, cubierto de sudor. Bajo las hebras negras y grises del pelo se adivinaba una piel blanca y lacia, como la de un anciano cansado, fotosensible. Lo descubrieron los niños. Le dieron con un palo para ver si se movía: se movía. Casi instintivamente se inclinó sobre sí mismo y se lamió. Durante dos horas, las que tardaron en llegar los cuidadores de animales del ayuntamiento, estuvo lamiéndose. Le había cortado una mano experta; de un golpe. Un solo corte limpio y seco. Y sin embargo la ausencia era más elocuente que la presencia. El grumo semicoagulado de sangre, era más feroz aún, más violento. Le dieron leche y grumos de pan. Lo envolvieron en mantas y lo montaron en la parte trasera de una furgoneta. Desapareció.

Todavía se habló del suceso durante unos días e incluso llegó a añadirse una pequeña nota en un periódico local en el que se denunciaban los maltratos a animales. El caso de Uva apareció allí, espigado entre otros ejemplos, como si se tratara de una persona. Dos semanas después Uva apareció de nuevo en el barrio, como por milagro. Algunos aseguraban que se había escapado de la perrera, otros que había sido adoptado y vuelto a abandonar. Lo que a todas luces seguía siendo un misterio era cómo había conseguido localizar el barrio, qué extraño don le había permitido vagabundear por la ciudad hasta encontrarlo. En cualquier caso allí estaba. El mismo perro y a la vez en absoluto el mismo perro. Recostado al sol y visto de perfil nada parecía haberlo cambiado: la misma suciedad, el mismo gesto, la misma piel casi blanca, casi humana, sudorosa y cansada bajo el pelo. Visto de frente la cicatriz del ojo le daba un aire lánguido, íntimo. Era ahora un rostro cruzado por la historia. Otra cosa parecía haber cambiado en él desde su regreso: Uva parecía molesto al ser llamado por su nombre. La mayoría de las veces se limitaba a no prestar atención, otras llegaba incluso a rugir, a ladrar. Era como si se hubiese abierto para Uva una larga distancia entre él y su nombre, como si su nombre, aquel antiguo nombre por el que llegó a conocerle todo el barrio, produjese ahora en él una irritación sorda. Del ojo limpio que le quedaba brotaba una mirada ofendida y rencorosa. Se volvía violento, corría de pronto, como poseído por una pulsión, y se detenía con brusquedad. Miraba a su alrededor (haber perdido un ojo le había vuelto torpe) y esperaba aún unos instantes.

Fueron los niños quienes comenzaron a llamarle Mur. El nombre surgió banalmente, como una ocurrencia tonta: una de las manchas del lomo tenía forma de murciélago. Mur, entonces. Para los niños era una verdad clara y simple: no era el mismo perro, no podía tener el mismo nombre. Hubo entonces una especie de descanso, como si algo en él reculara y se conformara, como si una cuerda se hubiese roto dentro del perro y hubiese producido ese sonido ambiguo: Mur. También a él le costó acostumbrarse, pero el sonido fue poco a poco ocupándolo todo en sus orejas perrunas, hasta resultar familiar y amable.

Lo único que sobrevivió de Uva en Mur fue aquel gusto por el sol. Se le veía al mediodía tumbado en el lugar de siempre, el hocico echado sobre la tierra, la lengua sucia de polvo, la mirada perdida, como si mentalmente se hubiese quedado tartamudeando alguna palabra incomprensible. Y lo que veía no era bonito, ni bueno, ni malo, ni feo; era lo que fatalmente la vida había hecho de él. De vez en cuando parecía sobreabundar de aquel gesto una especie de soberana indiferencia por todas las cosas: como si se hubiese convertido en una especie de Buda canino a quien ya nadie podía herir. Sereno como un iluminado vagabundeaba por la noche hasta el mercado y comía los restos que el carnicero le dejaba en un plato. Si el carnicero hubiese dejado de servírselo puede que se hubiera deslizado con aquella indiferencia de un solo ojo hacia la nada.

De cuando en cuando llegaba también la perra. Unas veces cuando estaba en el parque, otras en la misma calle. Mur se acercaba todavía a ella para olerla, agitado como por un fantasma, como quien recuerda vívidamente una aventura amorosa de la que ha borrado por completo el nombre, el rostro de la amante. Y cuando estaba a su lado repetía los gestos de la ceremonia y la montaba. Los golpes del vacío sonaban secos sobre el trasero de la perra, que terminaba por irse aburrida o desconcertada. Luego trotaba hasta el parque, se echaba al sol y se lamía la piel lacia, cicatrizada.
Serigrafía
Ana Juan
Con cada número de Eñe se realiza una serie de 50 serigrafías (numeradas y firmadas) de la obra que el autor ha creado para la portada de la revista. Ana Juan ilustró nuestro Deseo con esta serigrafía.

comprar
PUBLICIDAD
suscríbete a nuestros boletines
¿Quieres estar informado de todo lo que sucede en la web de Eñe? Relatos, información de eventos, noticias y mucho más...

PRENSA .   QUIÉNES SOMOS .   CONTACTA .   AVISO LEGAL

Eñe recomienda:
Un proyecto de