Así se leía, visto al revés, el anuncio luminoso del hotel cuya parte trasera daba, como la de la casa de mis padres, a un patio de vecindad. Me llevó años descubrir su verdadero nombre pues en la mente de un niño cabe que LETOH signifique HOTEL, pese a que la L y la E caigan al contrario, con el palo alto y las púas a la derecha en vez de a la izquierda, pero no que AMOR, desde el lugar debido, represente ROMA.
De descubrirlo a tiempo, hubiera encontrado razonables los comentarios de mi madre cuando hablaba de trigo sucio y ponía mala cara al establecimiento en cuestión, ante la indiferencia paterna. Aparte de corresponder a la plaza situada enfrente de su fachada principal, rebautizada tras la Guerra Civil, tal nombre sugería para mí un lugar perverso en cuyo circo los leones se comían a los cristianos, y aquí, en nuestra España, sus legiones ponían cerco a Numancia, obligando a la gente a quemarse viva.
Aquel error infantil, o su primera parte, cayó tan bien que, durante años, mis padres se referían a ése y a cualquier otro hotel como un letoh. Y hablaban entre ellos de que en la ciudad ningún letoh pasaba de las cuatro estrellas o de que en un letoh, por muy bueno que fuera, siempre se comía caro y mal.
En cambio, Amor sonaba un tanto cursi, pero nada más. Luego, perdida ya la inocencia -o eso creía uno por el mero hecho de estar al cabo de la calle de donde venían los niños-, atribuí aquella resistencia para leer correctamente el topónimo, habiendo aceptado sin problemas el disparate anejo, a una especie de barrunto primerizo. Dicen que la mayoría de los humanos arrastramos tales presentimientos desde la cuna, quizá desde el mismo útero materno.
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