Desde hace un tiempo me planteo si no será que estamos condenados a repetir el mismo error una y otra vez. Esta reflexión no es especialmente original, lo sé, pero no por carecer de novedad, deja de ser menos cierta. Y si, aun sabiéndolo, seguimos tropezando en la misma piedra, habrá que seguir insistiendo en ello, hasta desentrañar el misterio que nos hace buscar la desgracia en lugar de la felicidad.
A los dieciséis años yo estaba enamorada de mi compañero de pupitre. Se llamaba Paul. Tampoco es que yo supiera bien, entonces, lo que era estar enamorada. Solo sé que cada día iba al colegio contenta, con la ilusión de verlo. Solo sé que cuando llegaba a clase buscaba con la mirada a Paul, y al comprobar que había venido, que no estaba enfermo o había hecho novillos, se me alegraban los ojos por dentro. Solo sé que cuando se cruzaban nuestras miradas, cuando yo sostenía la vista frente a él y se demostraba a ciencia cierta que aquella mirada suya era para mí y solo para mí, sentía una especie de latigazo en los nervios, un dulce y cálido estímulo muscular, amplificado y vertiginoso, irradiándose por todo mi cuerpo.
Algunas veces, cuando mis ojos lo rastreaban, en el recreo, en el comedor, en el gimnasio, lo sorprendía mirándome. Entonces me alegraba, y por un momento recobraba la sensación de realidad: no era solo yo la buscona, sino que también él parecía buscarme a mí. Eso me hacía pensar que no estaba loca, que podía gustarle, que igual él compartía conmigo aquel sentimiento electrizante. Pero era tal el pudor que me daba hablar con él, que cuando por cualquier circunstancia azarosa nos veíamos confrontados en algún diálogo, no me salían las palabras. Me quedaba paralizada, y solo era capaz de mirarlo a los ojos, balbuciendo cualquier frase banal y ortopédica.
Si no me salían las palabras, porque parecía haberme quedado sin voz ante Paul, tenía la secreta esperanza de que mi enconado silencio, o la vehemencia de mi mirada, fueran lo suficientemente elocuentes como para que no hiciera falta hablar. Es decir, era como si perder la voz no resultase un inconveniente, sino, antes bien, una prueba de fuego para demostrar la fuerza de un sentimiento capaz de ser expresado por otras vías más sutiles. Vías a las que Paul, claro está, tenía acceso, pues yo lo suponía refinado y sutil. Si Paul me quería, me decía a mí misma, sabrá reconocer lo que siento. Y si no sabía hacerlo, entonces su supuesta sutileza y sensibilidad eran una gran mentira. Y, desde esa perspectiva, no merecería la pena amarlo.
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