Desde muy pequeña me apasionaba la lectura, y tuve la suerte de que en mi casa se fomentaba (nada hay mejor para que un niño lea que ver a sus padres leyendo). Es fundamental que en el ambiente en que te crías se te haga ver los mundos fascinantes que puedes encontrar en los libros, y en el Arte en general. Me regalaban en ese tiempo muchos tebeos y cuentos que nos intercambiábamos las amigas y metíamos en un cajón debajo de la cama. Recuerdo que muy prontito ya podía prescindir de las imágenes y viñetas y embobarme con las historias. En esos momentos de la infancia estaban a mi lado los tebeos de
El Capitán Trueno, Jabato, El Cosaco Verde, los cuentos de hadas de
Azucena, los tebeos de historias ejemplares de la editorial Novaro de México, los cuentos de la
Colección Historias, que tenían una página de letra y otra con viñetas. En cuanto a libros, los de Enid Blyton, Julio Verne y Charles Dickens. Las vidas de Santos y Mártires. Cuentos indostánicos, rusos, italianos y los clásicos de Grimm, Perrault… Novelas históricas, sobre todo de romanos, como
Ben Hur o
¿Quo Vadis? La afición, que venía de mis padres, me la acrecentó mi abuela Rafaela, que me leía siempre que estaba con nosotros; ella encuadernaba, y me cosió todos los cuentos de Calleja.
En cada época me ha ido emocionando un tipo o varios de lectura a la vez. Han ido creciendo mi visión, mi imaginación y mi conocimiento con los mundos que me abría la lectura. Destacaría algunos libros y autores que, desde hace más de cuarenta años, me han hecho sentir. Evidentemente se me irán muchos, muchísimos que con las mudanzas y el trasiego de mi vida no recuerdo ahora, pero que han sido importantes para mí; aún así intentaré resumir los que más recuerdo. También declaro que hay muchos libros que dejo sin acabar. Hay tanto por leer que, si no me convencen las primeras páginas, lo aparco y sucede que, si está de Dios que lo tenga que leer, vuelve a mí en el momento adecuado, como me pudo pasar con
El guardian entre el centeno, Así habló Zaratustra, El lobo estepario, las obras de Kafka o Samuel Beckett, que empecé demasiado joven y luego pude retomar.
Me gusta leer en la cama, con almohadones gordos, o en espacios abiertos, bonitos y tranquilos, también en los trenes y aviones. Hay algunas modas que no puedo soportar, como los libros de
Cómo conseguir... tal cosa...: como si se pudiera sólo con leerlos… ¡Ay!
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