El timbre sonó puntual y su eco metálico se convirtió en un revuelo de pájaros deseosos de escapar. Siempre era así. Durante cincuenta y tres años, la Señorita Margot había contemplado cómo sus alumnos se transformaban en pequeñas aves alzando el vuelo de las sillas, corriendo atropelladamente hacia los percheros, hacia la salida del aula, sin terminar de recoger los libros y los lápices sobre la mesa. Ella los dejaba agolparse en la puerta hasta que comprendían que sólo su silencio les abriría la salida. No hacía falta que la Señorita Margot dijese nada. Los alumnos sabían que era necesario volver a sus pupitres, recoger ordenadamente los estuches, los números desordenados entre las sumas, las rectas y las divisiones, los verbos asustados en las páginas del libro de Lengua y los ríos que el estruendo había desviado de su cauce impreso. Al terminar la miraban esperando ver la sonrisa de sus ojos detrás de las gafas apoyadas en la punta de nariz, el gesto del dedo índice apuntando hacia el techo. Entonces, sin que la maestra iniciase la frase, todos repetían a coro el abracadabra «quien mantiene las formas llegará más lejos. Que tenga un buen verano, señorita».
Cincuenta y tres años había contemplado ese ritual inventado por ella. Pero ese día no se dirigió hacia la puerta, como era habitual, y desde la tarima les permitió que saliesen en orden y que cada uno recogiera, de la repisa situada detrás de la puerta, un paquete con su nombre. Después, cuando la clase se quedó vacía, se volvió a la pizarra y borró los deberes que les había mandado como repaso. El encerado le pareció un mar en calma. Igual que el que tantas veces había dibujado bordeando la silueta de España, las costas de Europa, el mapa de su vida. Una isla rodeada de niños por todas partes. Aunque ese día, el último de sus cincuenta y tres años de docencia, la pizarra se le antojó un espejo que le fue devolviendo su imagen infantil en uniforme negro, su timidez concentrada en el examen de ingreso y en la reválida dibujando la Francia política, la mañana de sus oposiciones jugando con los niños al veo veo para explicarles el adjetivo delante del Tribunal, la primera lección en una pequeña escuela rural y el día en el que llegó al colegio donde había enseñado los últimos treinta años.
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