La noche en que murió la señora nadie se quiso quedar a velarla. No porque hubiera ganado algún tipo de odio o de rencor. Simplemente no les resultaba cómoda a ninguno de los numerosos hijos, yernos y nueras, pues al día siguiente había que hacer un largo viaje para acompañar el ataúd. No pregunten adónde. Un ataúd se puede perseguir hasta un cementerio. Pero ustedes dirán hasta dónde se puede acompañar a un muerto. Aquella noche, mientras los señoritos se fueron a descansar cada uno a su casa o a sus hoteles _pues algunos eran forasteros_ yo insistí en quedarme con la señora, en compañía de uno de los nietos. Pretendieron convencerme de que también yo la abandonara, pero sabía que lo intentaban para no sentirse culpables, así que me senté junto al cadáver, triste, irascible, ingobernable, y los fui oyendo marchar.
La señora había muerto como si se hubiera dormido, en la cama, padecía un cáncer que la devoraba por dentro. Los últimos días pasó muchas horas en su dormitorio ocultándonos su dolor. Una de las tardes me regaló un ejemplar de las Confesiones de San Agustín, su libro favorito. Todo ello presagiaba un velatorio tranquilo, sin sobresaltos, y en realidad no los hubo, solamente soñé.
La estuvimos mirando el nieto y yo. Yo confieso que rezaba, rezaba y me mecía en una silla de enea, que no era mecedora. Sobre el cabecero de la cama había varios rosarios colgados –recuerdo uno de cuentas rojas como bayas del campo, otro de cuentas negras como si fueran perlas maldecidas.
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