1.
Ciudad de Aukland, 1.200.000 habitantes, norte de Nueva Zelanda, George está tumbado en la cama. Hace 7 días que ni suena el teléfono, ni se viste, ni come ni sale de casa. A través de las persianas laminadas entra la luz del alumbrado público. A través de la pequeña campana extractora de humos Telesmoke entra el humo del restaurante de abajo, el Rasputin, cuya especialidad es canguro ahumado; traen los bichos ya hervidos, ellos sólo agregan el aroma, utilizan una máquina de propulsión a chorro de humo que taladra mini agujeros en la carne del animal. Extiende el brazo izquierdo, agarra el vaso de agua carbonatada. En la tele, una locutora llamada Raquel Martínez, Telediaro TVE, Canal 24H, dice algo acerca de Mauritania en un idioma que George no entiende. Cada noche la observa, hoy ha hecho un gesto nuevo de mano izquierda y ha leído mal la palabra emboscada; la considera la mujer más perfecta que ha visto en carne y hueso, en foto, en dibujo o pantalla. Bebe otro trago de agua carbonatada. Tiene la teoría de que en horas bajas como ésta, largas temporadas incluso, en las que nada cuadra, épocas en las que en tres meses no suma ni un solo punto en su equipo de rugby y en la tele sólo reponen viejas series apocalípticas, y la vida parece uno de esos anuncios de teletienda pero al que le han vaciado el producto anunciado, en esa clase de días, tiene la teoría de que no le es necesario alimentarse con sólidos, y que el humo del restaurante Rasputin, filtrado a través de su campana extractora de humos Telesmoke, es suficiente para nutrir su cuerpo, hipertrofiado a causa del duro entrenamiento encaminado a conseguir el máximo rendimiento en la liga de rugby. Ahora oye a Joseph, el encargado del restaurante de carne de canguro hervida y después ahumada, discutir en la acera con un taxista por algo acerca de un cliente que no se quiere subir al taxi debido al estado de embriaguez del taxista. No, no es un taxista, es el repartidor de canguros hervidos, y no, tampoco es un cliente, sino la hija del propio Joseph, que va a una fiesta en las afueras y creyó que el repartidor podría acercarla ya que, según aseguró la semana pasada, le cogía de paso. Pero el repartidor está desplomado en la acera, con la cara contra el peldaño de chapa de plástico que imita a mármol de la entrada del restaurante, y babea. George se levanta, coge el vaso de agua carbonatada. Calzoncillos largos estampados con piolines. La luz de la calle lamina su cuerpo, se palpa, no hay músculo que se desvíe del orden establecido, piensa en balones de rugby sin objetivo. Se acerca a la cocina, que comparte módulo con la habitación y la sala de estar, abre un cajón, un olor a cripta le da en la cara, revuelve entre una colección de cucharas, tenedores de varias clases, trapos de cocina y medicamentos de marca, encuentra un tubo de vitaminas en pastillas. Hace meses que la universidad está pensando expulsarlo debido a su bajo rendimiento, pero él sigue tomando esas vitaminas 7 veces al día. Lanza una dentro del vaso, rápidamente se disuelve. Se acerca a la ventana, separa dos láminas con el índice y el pulgar. Diciembre, la temperatura ronda los 32ºC, la noche es ruidosa, húmeda. Una fila de ambulancias que hace sonar las sirenas con diferentes timbres y tonos provoca que por 10 segundos deje de oír los gritos que Joseph continúa dándole al repartidor de carne de canguro hervida, que del babeo ha pasado al coma funcional. La hija de Joseph llora sentada en el suelo de la entrada al restaurante, el bolso deja entrever instrumentos de tocador. Ahora Joseph grita improperios al aire, dirigiéndose a las ambulancias; George, desde el primer piso, cree leerle en los labios algo así como, «apagad las jodidas sirenas». Tienen esa costumbre, cada nochebuena recorren la ciudad para felicitar las navidades, afirman que combinan las diferentes clases de timbres de tal suerte que el resultado es la canción Noche de Paz. Una anciana se acerca por la acera de enfrente, ahora cruza hacia ésta, se detiene a mitad de su trayecto y, agachada, observa algo que hay en el asfalto, algo oscuro que George no puede distinguir. Le da leves patadas, aquella cosa no se mueve. George cierra la persiana, se sienta en el sofá. Enciende el Mac portátil. La foto del fondo de pantalla se refleja en su cara, antes vacía, inexpresiva, ahora estampada con las caderas de la cheerleader que le dejó en cuanto las cosas se pusieron mal. Consulta los resultados de los partidos de rugby, su equipo ha vuelto a ganar, desde que él no está siempre ganan. Bebe otro vaso de agua carbonatada vitaminada, se acerca a la campana extractora, pega el rostro contra el filtro e inhala medio litro de humo de canguro ahumado. Antes de acostarse se ve reflejado en el espejo del fondo, allí los piolines sobreviven sobre el apagado amarillo del calzoncillo como partiéndose de risa.
2.
Lo despierta la luz del sol. Perezosamente, pero de un golpe, tira la sábana al suelo. Sentado en la cama, estira los músculos. 30ºC. Pega con cinta aislante dos rebanadas de pan al filtro del extractor de humos. Prepara agua carbonatada en una jarra que tiene forma de conejo con la parte superior del cráneo rebanada. A los 6 minutos suena la alarma del cronómetro de pared, despega las rebanadas, se sienta en el sofá, mastica ante la tele apagada, en cuya pantalla los piolines de la entrepierna se reflejan y continúan sonriendo, como anunciando un producto que hace años fracasó en todos los mercados llamado «George, El Hombre Que Nunca Más Jugará Al Rugby», o como constatando lo que Ben, el entrenador, le había dicho un día en el vestuario mientras le señalaba con el índice el paquete, Muchacho, esos piolines están jugando al rugby con tus pelotas. Deja a un lado las tostadas, se levanta, sube la persiana. Un grupo de personas hace una especie de melé en el centro de la calle, la anciana de la noche anterior continúa allí, dando leves patadas a la cosa oscura que ahora ya se puede identificar como una especie de árbol, fláccido y retorcido en sus puntas; ha emergido a través del asfalto, roto ahora como el lomo de un bizcocho recién hecho. Aunque le separan sólo 10 metros, coge unos prismáticos para ver los detalles. Observa que no es un árbol, sino las raíces de un árbol, incluso distingue tierra pegada a pequeños filamentos muy claros, color marrón de mueble infantil de Ikea, que emergen de otros más gruesos y éstos a su vez de otros aún más gruesos en una secuencia de marrones que va progresando hasta el oscuro, casi caoba, de las máscaras de los indios polinésicos. Oye a un vecino decir que hizo guardia toda la noche, y que ha constatado que las raíces crecen a razón de 20 cm por hora. Lo tiene todo apuntado y fotografiado en una cámara digital, a George le parece oír que le tocó en el Concurso Anual de Narrativa del Club de Amigos de los Pesos y Medidas. Ahora George, que ha ido a por la segunda tostada y ha regresado, mastica, y ve cómo la policía definitivamente corta el tráfico. Calor y humedad intensos, pero nada disuade a la muchedumbre. Muchos imitan a la anciana que hizo el descubrimiento y le dan pequeñas patadas, sin inquina, sólo para constatar su solidez, su rango dentro del Reino Vegetal. Llega gente de todas las bocacalles, traen bolsas cargadas hasta las asas, comienzan a colgar de las raíces todo tipo de guirnaldas, paquetitos dorados, regalos simulados, miniaturas de Santa Claus, ristras de bombillas de colores. Algunos se besan, Joseph y su hija se abrazan bajo las raíces y bailan la canción Rasputin, de Boney-M, que sale del restaurante Rasputin, las ambulancias dan otra pasada, ahora aplausos. Esa misma noche, con una altura ya de 6 m y un espesor en su base cercano al de una bajante de aguas sucias, las raíces se han quedado solas, la gente duerme. La estrella que colocaron en la punta ha llegado a la altura del piso de George, la observa desde la cama. Los piolines, en la entrepierna, simulan estar dormidos.
3.
Al día siguiente no abre las persianas. Sabe por el bullicio que en la calle las raíces ascienden y el número de gente supera con total seguridad al que asiste a un campeonato de rugby interestatal. También oye las sirenas de los bomberos competir con las de las ambulancias. No come nada, inhala 8 litros de humo. Por la noche, repiten la emisión del telediario 6 veces consecutivas, así que observa durante 3 horas el rostro de Raquel Martínez, y cree comprender el porqué de la perfección de esa mujer que ya no habla de Mauritania sino del IPC; hoy ha dibujado en sus labios, rojos y grandes, una leve sonrisa, como si alguien oculto bajo su mesa la hubiera pellizcado justo debajo del ombligo. Entreabre la persiana; ni un alma. Ve la estrella de la punta situada ya en el tercer piso. Abre la puerta del apartamento, baja las escaleras, sale a la calle, parece un estadio vacío tras una final: el eco inexplicable, los pies desnudos pisan objetos impensables. Situado bajo las raíces, alza la vista, llena de adornos y bombillas. Se quita los calzoncillos, rasga la tela hasta hacer un agujero y los cuelga de una de las raíces próximas al suelo, entre un reno verde y un CD virgen que brilla colgado de un sedal. Desnudo, sintiendo la dureza de los músculos de su cuerpo, se queda un rato mirando el balanceo de los piolines. No sabe, es imposible que lo sepa, que exactamente en las antípodas, en un colegio público de Badalona, provincia de Barcelona, España, hace un mes un tipo llamado Ronaldinho plantó un árbol de navidad ante la expectación de chavalas y chavales, y que uno, exhibiendo una sonrisa cariada, le dijo, «Plántalo bien, Ronaldinho, con mucha fuerza, que llegue muy lejos», y que entonces el futbolista, mientras alzaba el pequeño tronco de abeto, en esos momentos en los que tomas fuerza y todo el sistema solar parece equilibrarse en tus manos, y eres un dios sin más razón que porque eres un dios, pensó durante un par de segundos qué hubiera sido de su vida si en vez de haberse dedicado al fútbol hubiera encaminado todos sus esfuerzos al juego del rugby.