Los labios adivinan la corva, se adhieren a ella. Repudian el vello, se acomodan en la parte que rasurada. Comprueban la suavidad del área y se acoplan y distienden. Entibian la piel, la lengua ensaliva y por fin se incrusta la nariz en el aforo húmedo. Aromas de infancia penetran. La coyuntura mancilla los años hasta la parte del cerebro que quiere ser embaucada. El codo firme. Con esfuerzo, se puede imaginar. Hay que desplazar el antebrazo para que su ángulo cerque y constriña, oprima una mejilla, el hombro la otra. La piel mojada parece recién parida.
Sigo chupando y oliendo.
Lo primero que hago al levantarme cada mañana es poner la tele, deseando que informe de algún desastre. Luego, intento escribir.
-¿No te sale nada?
Me han llamado de una revista pidiéndome un cuento. Éstos al menos pagan, así que no podré echar mano de uno ya publicado. Mierda.
Llevo un día entero delante del ordenador.
-No.
-¿Quieres que salgamos?
Cuatro años viviendo juntos cada minuto del día. A ella la fortalecen, a mí me debilitan. Resulta inevitable. La vida en matrimonio es como acostarse cada día con un pedazo más de kriptonita en los calzones. Creo que ella se alimenta de mí. Un amigo casado dice que el secreto de la pareja reside en imaginar que estás follando con otra persona. Vaya. Borges le sacaría más punta a esto.
-Así te despejas.
-No, prefiero quedarme aquí.
Se queda callada, yo espero por si decide alejarse y dejarme respirar, tecleo una frase y le doy a borrar. Siempre se queda cerca.
Teléfono.
-Es tu hermano.
[...]