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Número 9. Primavera 2007
La televisión tuerta
Muhsin Al-Ramli

Apenas había comenzado el decimotercer año de mi vida, empezó la guerra entre Irak e Irán, y antes de cumplir su primer año, murió en ella mi hermano mayor y cayó prisionero uno de mis primos. Fue entonces cuando empecé a oír cómo mi padre insultaba al Señor Presidentecada vez que se encontraba a solas con mi madre en la huerta, la cocina, el dormitorio o mientras ella ordeñaba las vacas en el establo.

Este hecho me desconcertaba, no sabía cómo encajar estos insultos vulgares y aquellas fotos y canciones bonitas que nos enseñaban en el colegio. Elogiaban al Señor Presidente como el líder, gran maestro, héroe, valiente, genio, fuerte, necesario, inspirado, etc., dentro de una larga lista de nombres y adjetivos de palabras grandes de las que no sabíamos el significado de todas ellas. Aun así, soñábamos con ver al Presidente aunque fuera en nuestros sueños –algunos alegaron haberlo conseguido– o con ser igual que él de mayores.

También oí a mi padre insultar después de medianoche, cuando yo me despertaba para beber agua o hacer pis y pasaba muy cerca de donde estaban sentados en el salón él, mi madre y mi tía, madre del prisionero. A menudo ella venía a casa después de que se hubiera dormido toda la gente del pueblo para escuchar junto con mis padres la emisora enemiga de Teherán, que por aquel entonces retransmitía diariamente un programa en el que los prisioneros saludaban a sus familiares. Cada vez que concluía el programa sin que se hubiera mencionado el nombre de mi primo, mi tía rompía a llorar y mi madre la acompañaba en el llanto. En ese instante, mi padre lleno de furia y amargura volvía la cabeza y escupía al suelo y, a veces incluso, cogía una de sus chanclas y se lanzaba a golpear el escupitajo con odio como si de un escorpión se tratara, pronunciando insultos demasiado horripilantes. Él, que nos castigaba por el simple hecho de que alguno de nosotros dijera alguna palabrota.

Esta era una confusión de entre otras muchas que me preocupaban en la personalidad de mi padre. Pero no puedo negar el gran orgullo que me hacía sentir por ser él el único que tenía una caja pequeña que hablaba y cantaba llamada ¡radio!, a pesar de que él nunca le permitiera cantar, pues al oír por un solo segundo cualquier tipo de música, cambiaba rápidamente buscando noticias o alguna lectura del Corán.

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Sigfrido Martín Begué
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