Desde que Álvaro me abandonó, los días me abruman en una pila de pendientes impostergables. La noche se extiende infinita detrás del edificio nuevo que construyeron enfrente. Una mañana, el terreno baldío servía de estacionamiento clandestino, y otra, una mole de concreto engulló el cielo asomado por los resquicios de mis ventanas. En su lugar, brotan escenas de familias insípidas que se reúnen alrededor de la cena para conversar las nimiedades de sus vidas. Yo tengo mis propias nimiedades: las cuentas por pagar que se abultan en la mesita de centro, las protuberancias formadas en una zona de mi pecho, la demanda de divorcio debajo de la taza de café de hace dos días, de qué color pintaré las paredes ahora que me he quedado sola… sin embargo, sólo puedo pensar en el péndulo de Isaías.
Isaías se mudó hace tres semanas, justo el día en que Álvaro terminó de llevarse sus últimas pertenencias. Los insultos languidecieron por el cubo de las escaleras mientras me sumía en un llanto hipócrita e histriónico. Quería que se largara. Años atrás su cuerpo dejó de interesarme. El mástil del cual me aferraba en los tiempos reacios se convirtió en un apéndice endeble refugiado en mis nalgas, justo en la ranura con la sutil forma del mástil adormecido. Durante un tiempo me dio tranquilidad su abrazo y los ronquidos tenues cerca de mi oído. Dormía tranquila al advertir su cadera insertada en la mía, formando juntos el monstruo de las dos espaldas. Pero un día me pareció una larva enjuta en busca del capullo protector que la defendiera del mundo inclemente. No importa, ahora tengo a Isaías.
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