“Naturaleza y Arte”, la Academia de pintura donde estudio en Roma, muy renombrada en la especialización de copistas, exige dos prácticas cronometradas por curso de diez y seis semanas. El director es alemán, algo explica que todas nuestras lecciones, ejercicios y prácticas se midan con reloj en mano. A veces me siento entrenando para volverme campeona de algo más parecido a la natación, yo que un momento soñé con ser artista. No es para lo que prometen capacitarnos, saben de sobra que si tenemos suerte saldremos decoradores de pianos o muebles, retratistas de cursis, artesanos para burgueses, así es esto. A mí qué más me da, pero lo anoto. Digo de natación porque hay que aprender diferentes estilos y técnicas, perfeccionarse en crol, pecho, rana, muerto o de perrito. Me asignaron mis horas de práctica en la Galería Doria Pamphilj, como diría un francés pamal. Primero tuve que estudiar quince minutos un boceto en tela de Tiziano retocado a medias en épocas posteriores, interesante porque deja ver la hechura. Lo que sí resultó un fastidio fue presentar el reporte por escrito y en italiano, precisamente 22 mil golpes de las malditas teclas para describir el uso del dibujo y su relación con la incompleta coloratura, si soy mala en español en esa lengua soy fatal, más que a otra cosa termina sonando a cura en misa en latín chapurreado, ya les confesé mi edad. Cargo todo de calificativos intentando tapar el hueco u hoyo gramatical y léxico, termino por tener lengua de cura bordada por monjas enclaustradas, recamada y adornada hasta en el último rincón con obsesión de histéricas, haciéndome la que escondo mi impericia. Salí del aprieto pagándole una bicoca al muerto de hambre de mi vecino de caballete, quien hizo una segunda versión de su trabajo, sin ponerle encima el ojo lo entregué y santo remedio.
La práctica que me asignó mi tutor era copiar durante 65 horas –ni una más, sí podrían ser menos– La Huida a Egipto de Caravaggio, expuesta lado a lado de su Magdalena, en las dos la misma modelo pelirroja, en la misma postura, la Magdalena sin niño y como para reemplazarlo camina por su mejilla una lágrima. Para hacerlas, el artista nunca dibujó –como vemos en el Tiziano– sino que pintó directamente sobre el lienzo. [...]