“Ajay, vamos a tener un bebé.”
Fue todo lo que dijo. Así que la besé y la abracé, y pensé, “¿qué coño voy a hacer ahora?”.
Me había quedado sin trabajo la noche anterior. Iba a contárselo esta mañana, pero llegó la mañana y me viene con esto. Así que, en lugar de contárselo, sonreí la sonrisa más falsa que encontré, de la cual, en su estado igualmente enajenado, no se percató, y subí a ponerme el uniforme. Pizza Pot se había quedado con la moto, pero aun así hice el número de coger el casco y el llavero, asegurándome de hacer sonar el juego de llaves. También se habían quedado con mi último sueldo. Despedido por robo. Estaba claro que no iba a contárselo. Lo cierto es que yo no lo hice, pero eso ya no va a cambiar nada.
Nos besamos de nuevo en la puerta. Unas lágrimas se asomaron a sus ojos, a los míos pavor. Pensé en ir a ver una peli, pero me quedaban doce libras, sin trabajo y con un bebé en camino; así que terminé deambulando por Mile End. Cuando el sol comenzó a quedarse bajo y frío, saqué un billete y me fui en metro hasta Ealing Broadway. No me bajé, tan solo esperé a que el tren emprendiese el viaje de retorno. Una hora y media en total. Iba dándole vueltas a cómo me despidieron y lo injusto que había sido todo, pero aún más vueltas le daba al hecho de que iba a ser padre. Me sentía furioso, y desesperado, y solo, rodeado de un puñado de tipos en trajes de raya diplomática, con niñeras, casas de campo y nada de lo que preocuparse salvo en qué restaurante cenar esta noche. Odiaba Pizza Pot y odiaba a estos tipos.
Durante el viaje de vuelta comencé a ojear un Evening Standard abandonado en el vagón.
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