A las nueve, él ya estaba bañado y peinado. Estrenaba un pijama que su madre le había comprado esa misma semana, blanco con dibujos de colores: coches, aviones, barcos, pájaro, ovillos de lana, huesos. Su madre le había lavado la cabeza (no se la lavaba todos los días) y le había echado colonia. A las nueve, pues, ya estaba preparado para recibir a los invitados, pero estos empezaron a llegar a partir de las nueve y cuarto. Los primeros fueron tío Gonzalo y tía Elena. No estaba seguro de si eran sus tíos o no. Cuando se reunían los otros tíos, ellos no estaban, pero iban a menudo a su casa, y a veces le hacían un regalo, y él les llamaba tíos. Sintió un poco de vergüenza, pero les dio un beso. Después llegó otro señor, más joven. Su madre le cogió de la mano y le llevó ante él, casi a rastras.
–Pero qué ojos tiene... ¡Y qué pestañas! A ver, ¿a quién se parece?
Se agarró a las piernas de su madre, y se escondió tras ella.
–A la madre –oyó que contestaba su
padre, a sus espaldas–. Mi belleza es interior.
–¿No le das un beso a Jordi? –dijo
su madre.
–No.
Jordi se rió.
–Hace bien, hay que hacer lo que uno quiere. Di que sí: sólo hay que dar besos a quien apetezca.
Él, escondido tras su madre, notaba la cara roja y caliente. Jordi le caía bien, porque llevaba una pajarita verde.
Su madre no le había hecho mucho caso aquella tarde. Había estado con Domi preparando platos y bandejas con comida. Luego se había cambiado de ropa, se había pintado los labios y se había puesto un collar. Domi se había quedado más tiempo que otras veces, justo hasta la hora del baño, y luego se había ido.
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