Supe que se trataba de un día inusual desde que vi el globo azul posarse ante mis pies como una caricia del viento. Redondo y pleno, era la manifestación de un símbolo o una señal. Sentí la tentación de inclinarme a recogerlo pero entonces, la fracción de segundo que dura una duda, el globo siguió su camino, su flotación ligera, y se posó frente a la cochera de mi vecina. Ella salía a dejar a su hijo a la escuela y sin miramiento alguno lo enfrentó. El globo azul cedió a la violencia del ataque y reventó bajo una llanta. Mi vecina se alejó mientras yo me acercaba al agonizante. Lo tomé entre las manos como el despojo de un deseo y, triste, lo arrojé a una alcantarilla.
No quise pensar más en el asunto pero el globo volvía a inflarse en mi memoria negándose a morir. Me imaginaba camino al trabajo con el globo azul en las manos, la cara del vigilante para embromarme al decir que aquel no era el Día del Niño, la expresión burlona de Marita y de mi jefe: “¿Dónde fue la kermés?”
(En realidad, no habría habido ninguna expresión de mi jefe, quien sólo me habría mirado con un gesto de obtuso desdén.)
Subida al metro no cesaba de suponer las dificultades para mantener la integridad del globo azul entre toda aquella gente, pero por más razones que esgrimiera una parte de mí sabía que todo aquello eran excusas: me había negado a levantar el globo, a recoger su ilusión perfecta y correr el riesgo de que cambiara mi vida.
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