Doscientos y pico años llevaba trabajando en la mina cuando le sobrevino aquel cataclismo. Sucedió de golpe y porrazo, sin que hubiese mediado la más ligera señal de aviso, como aseguran los entendidos que se presentan las metamorfosis verdaderamente importantes de la existencia.
Había continuado aquella mañana excavando distraída y mecánicamente justo en el lugar donde lo dejara la tarde anterior, en la misma exhausta galería en la que trabajaba infructuosamente desde hacía un chaparrón de meses. Las primeras docenas de golpes sonaron con la desgana monocorde de siempre, y cada nuevo asalto a la pared continuó brindando indistintamente una ridícula cosecha de pequeñas rocas pardas, de tercas menas empobrecidas, aquella especie de sal de la costumbre que no precisaba de muchos lavados posteriores para mostrarse por completo inservible.
Nada hacía presagiar la conmoción que acechaba por debajo de tanta calma. Todos sus gestos mineros repetían aquella mañana como un calco la actividad de los días anteriores. Un desganado pero minucioso picar de izquierda a derecha y de arriba abajo, seguido de vez en cuando por un alto para escupir en las manos, ttpp, y restregarlas el tiempo justo de tomar aliento, daba paso enseguida a un nuevo picotear, entonces de derecha a izquierda y de abajo arriba, con la misma aparente desgana y con no menos prolijidad. Así infinitamente, alternando sin apenas descanso puntadas y salivazos en una proporción cada vez menos despareja.
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