Madrid, 23 de julio
Día de Santiago: la novela que estoy escribiendo me hace recordar las efemérides que punteaban el tiempo en mi infancia. El fin de semana se prolonga en un lunes de silencio perfecto, con las tiendas cerradas y las calles vacías, como nunca está Nueva York, donde el ritmo del trabajo y del dinero no deja tregua a nadie, salvo quizás a los mendigos y a los extraordinariamente ricos. Los días se repiten con una rutina a la vez placentera y fructífera. Me levanto pronto, hago el desayuno –suelo ser el primero que baja a la cocina– y luego salgo por el barrio a comprar el pan y el periódico y a veces al mercado, tarea que me gusta mucho, y que me recuerda siempre a mi padre. Mi padre se habría hecho amigo de todos los vendedores de este mercado. Después de la comida viene lo mejor del día, el café y la siesta de verano, con un poco de lectura y luego un sueño denso. Ahora, a las 6 y media, abro este cuaderno y pongo la radio, donde suena la música maravillosa de Tristán e Isolda , con su hipnotismo de deseo y de muerte. Dentro de un rato me pondré a escribir en el capítulo cuarto de la novela, que tiene ya once páginas. Como siempre, la expectativa de empezar a escribir tiene una parte de ilusión y otra de miedo. Siempre parece que no va a salir nada. Ponerse cada tarde a escribir una novela es una felicidad para la que en el fondo no hay sustitutivos.
Madrid, 28 de julio
Terminé ayer el capítulo cuarto, que es sobre todo una larga conversación familiar, en un tono que se parece poco a lo que yo suelo escribir, con ligereza y mucho diálogo. Hoy vuelve el miedo, aunque tengo borradores adelantados, puntos de fuga que será valioso explorar. Lograr un artificio a la vez cerrado y flexible, que tenga unos cuantos límites temporales y espaciales muy claros y sin embargo admita la máxima libertad. El modelo, en el fondo, es Amarcord. No hay que resaltar la tristeza del paso del tiempo porque estará implícita en la manera de mirar hacia el pasado.