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Número 4. Invierno 2005
Microrrelatos
Mireia Sentís

Soñó que andaba por la nieve con unos zapatos color arco iris de tacón muy alto y fino. Le hacían daño y, si bien por la noche dieron el pego, de día resultaban vulgares. La situación era muy incómoda. Su ex-marido acababa de reprocharle su falta de ambición. Ella argumentó que no se las había apañado tan mal, que había probado muchas cosas y que no en todas había fracasado. Entonces, él la enmudeció con una pregunta: “¿En qué te has hecho indispensable?”. La habitación era un completo caos. Toda su vida lo era. Además había quedado con alguien, se tenía que ir. Pero si lo decía parecería que quería escapar a esas duras declaraciones. No tenía coartada. El ambiente era cada vez más asfixiante. Se pasó la mano por la cara. Alguien la despertaba con una caricia.


En esa ciudad compuesta únicamente de carreteras, todo, absolutamente todo, lo había solucionado a través del teléfono. Llamaba a un sitio e invariablemente respondía una grabación amable y segura ofreciendo un interminable menú con todos los detalles para ajustarse a la petición del cliente. A cada propuesta le correspondía un número. Al apretar el adecuado la misma voz volvía a dividir las posibilidades. Al cabo de varias pulsaciones, sólo quedaba mandar el cheque, recoger los paquetes al pie de la puerta o esperar los papeles por correo. Un día necesitó los horarios de trenes. Esta vez, después del saludo rutinario, no hubo menú sino una pregunta directa: “¿Qué puedo hacer por usted?” Se quedó cortada, se le hizo un nudo en la garganta y colgó. Entonces se puso a llorar.


La orquesta estaba preparada, el público expectante. Entró la directora, una pequeña mujer de nariz larga y grandes ojos. Muy seria y sin saludar, atacó una sinfonía con vitalidad desbordante. El pelo le caía por la cara; dirigía con los ojos cerrados. De repente, de su batuta empezó a salir una abundante lluvia que esparcía por todas partes con su frenético movimiento de brazos. Los músicos intentaron continuar, el público se cubría como podía. El pelo de la directora estaba empapado, pero ella seguía con los ojos cerrados. El público se tiró al suelo cubriéndose la cabeza con los brazos. Varios músicos dejaron de tocar e intentaron proteger sus partituras. La directora abrió unos ojos extrañados. Miró su batuta, la fuerza de la lluvia redobló. Vinieron los bomberos que, con dificultad, se la pudieron llevar. La directora observó, por fin, al público; estaba sin habla, perdida tras su arrebato. Los espectadores se fueron incorporando, a algunos músicos les entró la risa. En esos momentos de impasse, entraron unas chicas vestidas de odaliscas y distribuyeron ramos de piedras.


Entre los pasajeros que esperaban para subir al avión, había un cockney de cadena en la cadera, perilla corta, botas negras y una gorra de béisbol que dejaba ver, en la nuca, un pelo rapado casi al cero. Era musculoso, alto y con una sonrisa desafiante. Intentaba que no se le escurriera la correa de la cual llevaba atado por la cintura a su hijo, un niño de corta edad. Éste, como un perro rabioso, se arrastraba gruñendo y babeando levemente. El padre miraba a su alrededor con orgullo. De vez en cuando, la fiera corría hacia él, se le subía hasta el hombro, agarraba su cabeza como si fuese un balón de fútbol y la besaba con fuerza. Él pegaba sus labios a la oreja del niño, pero en vez de susurrarle, casi le gritaba palabras de cariño. Entraron en el avión con enorme alboroto. El hijo saltaba por encima de los asientos, mientras el padre tenía una palabra amable, seguida de una potente carcajada, para todos. Durante el viaje ni se les oyó, pero apenas el avión tomó tierra, la azafata anunció que nadie abandonase sus asientos; la policía subía a bordo. Al poco, pasó el cockney por el pasillo, con las manos esposadas a la espalda y empujado por los agentes. Sonreía, mirando directamente a los ojos de los pasajeros. El niño, cubierto con la gorra de su padre, les seguía dando saltos. Con un arma imaginaria disparaba como un pistolero del Oeste.


Unas mujeres del grupo de las gregarias que lavaban en el río vieron llegar a una del clan de los solitarios, que tenían un solo ojo en la frente. Después de acompañarlas en silencio, la cíclope preguntó si las tareas que desempeñaban les satisfacían.
–Cantamos, reímos, jugamos con nuestros hijos.
–Pero no compartís la vida de vuestros maridos.
–Sabemos que por la noche volverán.
–Nosotras lo hacemos todo con ellos, y cuando acaba el intercambio, acaba la relación.
–Nosotras preferimos pensar que cuando llegue el momento de morir, estaremos juntos.
La mujer solitaria se alejó lentamente, con su único ojo cerrado levantado hacia el sol.

The Mighty Clouds era uno de los grupos Gospel más queridos en Louisiana. Todos tenían un oficio que practicaban cuatro días a la semana. Los tres restantes viajaban, desde hacía veinticinco años, en un autobús mil veces apañado, regalo de un fan que apostó por ellos en el gran concurso sureño de canto, y ganó una cantidad nada despreciable. Ya entonces era de segunda mano. Los desplazamientos requerían fortaleza física y mucha devoción. Se dormía en cualquier agujero –a veces en el propio autobús, cuando los hoteluchos de los alrededores no aceptaban negros– y se comía a deshora. Los destinos solían ser iglesias metodistas o descampados de pequeños pueblos. En general, deduciendo gastos, les quedaban unos treinta dólares a cada uno. Eran ocho. Un día de especial calor reventó una rueda del autobús; al mismo tiempo se estropeó el cambio de marchas y se acabó la gasolina. Por la solitaria carretera no viajaba ni un alma. Al fin apareció una camioneta. El campesino les solucionó, con gran esfuerzo, los tres problemas. Los Mighty Clouds lo saludaron como a un ángel. “Bueno, bueno –murmuró el rubio campesino–la mejor manera de darme las gracias es largándose de aquí”. Del bolsillo sacó, sin una palabra más, su carnet del KuKluxKlan.


Al llegar a la ciudad, su marido la dejó, mientras atendía otros asuntos, en casa de unos amigos. No los conocía, pero en seguida se sintió en familia. De repente, se desencadenó un potentísimo terremoto. La casa se deshizo en pedazos, apareció una grieta tremenda en el jardín y todo fue desapareciendo a través de ella. Se abrazó a uno de los amigos y se tiraron al suelo. El cielo se volvió oscuro. Parecía haber llegado el día del juicio final. Se oían gritos, sollozos, ruidos de demolición. Cuando por fin cesó el terror, se levantaron tambaleantes. Salió el sol, el aire se hizo cristalino, los pájaros cantaron. En el horizonte, ningún edificio. En el montón de ruinas en que se había convertido la casa, ningún ser humano. Les invadió una inexplicable e intensa sensación de felicidad. Pasaron largo tiempo en silencio, el uno en los brazos del otro. Finalmente, preguntó: “¿Cómo explicar a mi marido que lo que hemos pasado juntos nos ha unido para siempre?”. Cuando lo miró cara a cara, se dio cuenta de que era su marido al que estrechaba con fuerza entre sus brazos.


Cuando volvieron a verse, después de tantos años, sintieron la misma atracción. Ella todavía lo veía como un niño cabezón. ¿Seguirá tan alegre? Él seguía teniendo debilidad por su singular apariencia. ¿Guardará tan poco respeto por las convenciones? Acabó casándose con una mujer elegante y altiva. Ahora ocupaba un importante puesto político. A través de la mesa, en la cena de recepción, él supo que le preguntaba: “¿Has logrado ser feliz?”.


Sus escritos, muy respetados en la profesión, eran sumamente precisos. Su hogar funcionaba impecablemente. Había sabido organizar los días para que sus hijos y su marido se sintieran atendidos en todos los aspectos, y aún así dedicarse a la pedagogía. Sabía vestirse para cada ocasión y organizar reuniones que resultasen amenas. Se interesaba por la política y la economía. Pero el momento que realmente esperaba con anhelo, era la noche. En los sueños vivía en un mundo donde tallaba corazones de piedra que sangraban y leía libros cuyas páginas eran caricias, calzaba zapatos de carey y volaba como una cigüeña cargada de regalos.


Una gran nube, en un cielo azul, se transformó en un ángel que fue siguiéndola a lo largo de la mañana. Al disolverse el ángel, surgió en su lugar un paisaje desértico con una cabaña. Se abrió la puerta. Un hombre con una guitarra comenzó a tocar hasta la puesta del sol. A la mañana siguiente, su madre la telefoneó porque su padre había hecho algo muy extraño: comprar una guitarra, él, lo más opuesto a un melómano.


El día que acompañó a sus niños al circo ambulante en el pequeño pueblo de veraneo, comprendió que nunca había sabido lo que era la pasión. Cuando apareció el presentador, el estómago se le encogió. Daba paso a cada actuación como si lo hiciese por primera vez. Sus hijos comentaban, entre risas, la miseria de la carpa, los remendones en los trajes de lentejuelas, el pelo escaso de los camellos, la poca originalidad de los números. Ella intentaba controlar su respiración. A la noche siguiente, le esperó al pie de su caravana. Se le acercó cuando se quitaba el sombrero de copa. Después de un movimiento de retroceso, la miró sin decir una palabra y le pasó el brazo por los hombros. Entonces arrancó el convoy.


Empezó a soñar que por las mañanas su compañero regresaba al hogar con aire culpable y derrotado, después de noches turbias con jóvenes callejeros. Al despertarse, con cualquier excusa, salía de casa sin demorarse, evitando así hablar con él. A pesar de saber que era el único hombre que la había querido, ya no pudo seguir viviendo con él.


Los Ángeles, 1994

Serigrafía
Roberto Coromina
Con cada número de Eñe se realiza una serie de 50 serigrafías de la obra que el autor ha creado para la portada de la revista. Roberto Coromina puso imagen a nuestros Intrusos con esta serigrafía de 32 x 25 cm, numerada y firmada.

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