Bontoc
Era navidad y nuestro viaje a Bontoc se había convertido en una auténtica tortura. La autopista soportaba tres o cuatro veces su capacidad, comprendimos que en Filipinas las distancias se medían en tiempo y no en kilómetros. Cuando pasamos San Carlos y Dagupan el tráfico se hizo fluido, pero ligeramente más estresante. Los autobuses llevan un copiloto que, con la puerta abierta y medio cuerpo fuera, va haciendo señas para que te apartes; van adelantando sistemáticamente. Curiosamente, en el mes que estuvimos conduciendo por la isla, no vimos ni un solo accidente de tráfico.
Baguio era la última ciudad grande de nuestro camino. A partir de ahí la carretera de Halsema discurre por la cuerda de la cordillera central, en realidad, aquélla había desaparecido en gran parte del trayecto por efecto del tráfico y la lluvia. Los cien kilómetros que nos separaban de Bontoc se hacían en ocho horas. El tráfico era estrictamente comercial, camionetas cargadas de arroz y jeeps transportando jornaleros. En Abatan, una aldea de tránsito, paramos en el restaurante y comimos arroz y baluc, que son huevos de pato cocinados poco antes de que el animal rompa su cascarón. Resulta extraña la sensación que se produce al encontrar el pico ya formado y duro, como si fuera el hueso de una fruta. El camarero que nos atendió era un chico que se estaba... y nos contó que cuando completara el tratamiento hormonal volvería a Manila para trabajar. Era la segunda vez que en un lugar apartado encontraba a un chico ocultando su cambio de sexo.
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