Pero, ¿qué querrá aún? Su ceja abierta no le importa. Y todavía le importa menos su pómulo en forma de huevo duro… No para de mirarme. Aparta a su cuidador para escrutarme mejor, para acribillarme mejor.
En él es una idea fija. Me quiere muerto. Quiere tumbarme, matarme. No le basta con ganarme. Quiere acabar conmigo de una vez para siempre.
Me siente a su alcance. Me bamboleo, vacilo. Me duelen las manos, las muñecas se separan de mis brazos. Mis puños se dislocan y se funden con el cuero de los guantes.
Sus zurdazos al cuerpo son como puñaladas. Me pregunto si me queda todavía algún cartucho y si mi derecha es capaz aún de disparar… Aunque la bala está en el cañón, ¿cuándo vendrá la señal para apretar el gatillo? La señal no llega. Su guardia es hermética. ¿Cuándo me dejará un resquicio? ¿Cuándo me hará ese favor…? Me tambaleo.¿Estaré a punto para aprovechar la ocasión, para lanzar mi derecha magullada, apagada, anquilosada, inexistente, sin pólvora ni plomo?
Suena el gong. Me levanto. Viene hacia mí.
Acuso. Acuse de recepción de su gancho. Sonríe.
Respondo abajo, al hígado. La mueca crispa la sonrisa.
Los guantes están empapados. El cuero suda sangre y agua. Nicot nos los hace limpiar y nos separa. Respiro.
Él avanza, yo retrocedo. Una línea roja desciende hacia su párpado. Me gustaría acabar.